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09 junio 2015

Remisero

En un día de paro de transporte los taxis copan la avenida Corrientes. Pero sólo algunos van ocupados, la mayoría de los autos viaja vacío hacia el bajo porteño. Buenos Aires sin colectivos es rara, como si le faltara algo.

Para llegar desde Villa Urquiza a San Telmo me tomé un remis a costas de la empresa (nunca menos). Me tocó un remisero que fue colectivero y quien me puso al día con el rubro de los viajes en auto: “Hoy lo que más sale es el laburo de mensajería”. Porque para llevar y traer trastos las empresas también usan remises.

Pero además de trabajar en la remisería también hace viajes por su cuenta para sumar unos mangos más. “Todos los días llevo la vianda a una oficina que pide comida vegetariana a un bolichito enfrente de la remisería”, cuenta después de pasar en rojo el cuarto semáforo del viaje. “Son todas pibas que comen sano porque se quieren ver flaquitas. Como yo, que la semana que viene arranco con la dieta”, agrega entre risas.

El remisero se amasa la panza que le toca el volante del auto y se ríe. El mes que viene arranca con los preparativos para hacerse un bypass gástrico. Pero la operación que alguna vez se hizo el Diego no es moco de pavo. “Me tienen que ver un psicólogo, un clínico y un cirujano”, apunta. También estuvo más de un año para que le aprueben la operación: “mi obra social me la bochó, pero lo tramité por el lado de mi mujer y de tanto insistir me salió”.

Pero el remisero también tiene la rodillas maltrechas. Luego de la batalla ganada por el bypass gástrico busca que le implanten un par de prótesis que le permitan subir y bajar del colectivo sin dificultades. 

Claro que la burocracia de la salud le vuelve a poner trabas: “Con tal de no operarme los médicos me dijeron que me firmaban el certificado por discapacidad, pero lo que quiero es que me operen para moverme sin problemas”. Por ahora, ningún doctor se animó a autorizar la operación en ambas rodillas porque sería un costo enorme para ese fabuloso negocio llamado obra social.

20 febrero 2015

Golosinas

—¿Cómo va, pa? ¿Todo bien?

No contesta porque está masticando un turrón.

—Día complicado hoy, ¿eh? No se vende nada.

No responde y sigue comiendo.

—Aunque esté difícil la mano hay que seguir. Yo meto siete u ocho horas arriba del tren. Y si veo que estoy más o menos hecho me vuelvo para casa. ¿Vos con qué estás?
—Turrones –dice y le da otro mordisco.
—Golosinas. ¿Y a cuánto?
—Seis por diez.
—¿Y los vendés así sueltos?
—Sí. 

Sigue masticando. Ahora con la boca abierta.

—Pero los tenés que vender juntos. Te conviene ponerles una bolsita para que sea más higiénico.
—Pasa que los compro en la fábrica y vienen así.
—Sí. Claro. Pero si lo vendés juntos queda mejor presentado y la gente te los lleva. En una época yo estaba con golosinas. Pero ahora estoy con cosas para chicos –le muestra una bolsa blanca de nylon con útiles escolares.-Se vienen las clases. Pero hay que salir a vender. Esa es la clave.

El tren llega a la estación Belgrano R. Ambos se bajan para esperar a la próxima formación. El de los turrones arrastra su caja con el pie y se despereza en el andén. El otro, hace malabarismo para que su mercadería no se le caiga de las manos. Pese al esfuerzo, los útiles caen todos al piso: marcadores, lápices de colores, lapiceras y cuadernos para colorear.

—Estas bolsas son una mierda. Se agujerean de nada. Tengo que estar con todo en la mano.

08 marzo 2014

Sobredosis de tevé

En el noticiero central de la Televisión Nacional de Chile emiten un informe sobre un tal Francisco a quien le extirparon el estómago por error. Sí, por error. Fue a un hospital de Valdivia y los médicos decidieron sacárselo porque creían que el hombre tenía cáncer.

En un restaurante familiar de Pucón, la mesera se ríe de la noticia. La cocinera, asombrada al ver la televisión se pregunta si alguien puede vivir sin estómago. Francisco cuenta su drama en el horario en que la familia chilena cena y dice que él quiere que eso no le pase a nadie más. El dueño del restaurante pregunta qué es lo que le pasó al tal Francisco. La camarera le cuenta: “Le sacaron el estómago por error”. El tipo abre los ojos, como dos huevos duros, y se pone a mirar el desgarrador informe.

Mientras tanto, en ese mismo restaurante una pareja de argentinos come una pizza de camarones que a la mesa llegó fría, como si recién hubiese salido del mar. En la mesa de enfrente, unos jóvenes chilenos se animan y también piden l excéntrica pizza. En unos veinte minutos sabrán que ese mazacote fue una mala decisión para la cena.

Francisco ya es historia para la televisión. Ahora, la noticia es un señor con cirrosis que no puede superar su problema con el alcohol. Su familia está preocupada por el asunto y pide a las autoridades que se hagan cargo de su adicción. Todo eso contado en tono melodramático. La cocinera pide cambiar de canal. 

05 octubre 2013

01 octubre 2013

Estoy vivo gracias a la cumbia jujeña

Me levanté a las 5 de la mañana para subirme a un bondi que me llevará de Iruya a Humahuaca por un camino de cornisa. Será una hora de ascenso zigzagueante hasta los cuatro mil metros de altura. Un viaje en la oscuridad de la madrugada con el precipicio de una montaña como un paisaje que no se ve pero que está ahí.
 
Aparece el chofer del colectivo de línea: tiene cara de dormido. La gomina que le aplasta los rulos no disimula las marcas de almohada en su rostro. Este tipo se va a apoliyar en el medio del trayecto, todos vamos a ir a parar al precipicio y seremos tapa de los diarios locales.
 
Llega un grupo de pibes de una escuela de la zona. Se van de excursión. Cantan y se hacen chistes entre ellos. Chicos, vamos a ir por un camino de cornisa en medio de la noche, ¿se enteraron?
 
El chofer enciende el motor del bondi. Se acomoda en su habitáculo y sube el volumen del estéreo. A partir de este momento, las canciones del grupo K'Dencia tienen la responsabilidad de que el chofer no se quede dormido.
 

03 mayo 2013

Pasá la Sube por acá


El ruido del motor del bondi descangallado taladra la cabeza de los pasajeros. El tipo del asiento atrás grita para que del otro lado del celular lo escuchen. Putea porque tiene el auto en el taller y tuvo que moverse en colectivo durante la mañana.

—El colectivo, el tren y el subte es de pobre. Me levanté a las 5 la mañana porque tenía que tomarme dos colectivos —y resopla—. Imaginate que con el auto estoy en cuarenta minutos. ¿Te das cuenta que sin el auto no puedo estar?

Del otro lado del teléfono está Yeni. Le hace preguntas preguntas sólo para molestarlo.

—¿Cómo voy a tener una Sube La última vez que subí a un bondi no existía la tarjeta. Soy de la época en la que los choferes cortaban los boletos de colores.

La calle tiene más pozos que asfalto, pero al chofer no le importa demasiado. El colectivero agarra una cuneta como si fuese la última vez y la unidad pega un salto. El bondi: no se partió al medio de causalidad. Los pasajeros nos agarramos de donde podemos.

El tipo del asiento de atrás sigue hablando por celular.

—Agarré la tarjeta de Luana y la pasé por todos lados. No sabía donde pasarla. Pensé que se

metía por la ranura de la máquina de monedas. Y vi que había otra máquina al lado que no había visto. El chofer me dijo : "apoyala acá". Y la pasé por todos lados hasta que enganchó.

Del otro lado de la línea Yeni se ríe y le dice que se parece a una vieja.

—No. Las viejas deben tener más idea que yo —y se ríe—.

El tipo del asiento de atrás le dice a Yeni que le tiene que cortar porque está por llegar.

El colectivero frena de golpe en Chacarita, abre las puertas del bondi y el malón baja. Los pibes que salieron de la escuela, las señoras que limpian casas, los cadetes de empresas, los jardineros, los albañiles, los estudiantes universitarios, los cajeros de supermercados, las jubiladas que van a visitar un muerto al cementerio, todos se pierden en la multitud. 

Entre todos ellos, está el tipo del asiento de atrás que un mediodía de mayo usó la Sube por primera vez.

15 marzo 2013

El Mateo

Este verano en Uruguay alguien me dijo: “El Mateo era un músico que no se hacía problema por grabar. Hay pocas cosas registradas de él porque no le daba importancia. Lo que se rescató fue gracias a sus amigos. Él tocaba en la Tristán Narvaja y no ponía un tachito para las monedas. Él compartía su música”.


12 marzo 2013

Inflación para todos (y todas)

Un irlandés, un portugués y una argentina from Boedo conversan en inglés en el patio de un hostel de Colonia. El lusitano exhala el humo de su cigarrillo y cuenta que en Buenos Aires algunas cosas están más caras que en su país. Todo menos el transporte: “Lo barato son el subte y los colectivos”. “Decimelo a mi que vivo en Buenos Aires todo el año”, le responde la chica con la cara colorada tras una jornada soleada.

El irlandés no tiene nada que decir sobre el alza de los precios. Él todavía no conoce Buenos Aires, pero cambia el tema de la conversación y pregunta si lo que se habla en Argentina es lo mismo que en España. La chica es terminante: “No. Nosotros hablamos castellano”. La respuesta parece no haberle satisfecho. Esperaba una ampliación. Pero eso no sucede y se queda callado.

Hay un bache en la conversación. 

El portugués sigue fumando. Su pelada brilla.

Continúa el silencio.

La chica se acomoda su colorida pollera de bambula y se recoge el pelo. La cara está más colorada de lo que parecía. Se tomó todo el sol que pudo en un sólo día. El portugués no tiene marcas: su pelada está intacta; más blanca que un papel.

Sin que le pregunten, la chica retoma la charla. Le cuenta a ambos que está ahorrando para viajar por España y por Portugal. El portugués dice que Lisboa es baratísimo, salvo por los alquileres de los departamentos y que por eso él vive a las afueras de la ciudad. El pelado es un ministro de economía. Le advierte a la chica de Boedo que Madrid es parecida a Buenos Aires, pero más cara que Lisboa.

08 marzo 2013

Pescalandia



Un pescador y su caña, una dupla inseparable.

05 marzo 2013

Sin banderas

Iván se sirve otro vaso de whisky. Es el segundo de la noche. Mira el cielo despejado de Punta del Diablo y se fascina con la luna llena. La luna es una de sus debilidades. Cazuza es otra. Conoció su música cuando vivió en Brasil. Iván sabe de qué se trata eso de vivir lejos de su país. En los ochenta se escapó hacia Argentina de la dictadura uruguaya: “La cosa acá estuvo brava porque era todo muy chico —toma un trago de whisky—. Si caías en Artigas y decías que venías de Montevideo ya eras sospechoso”. 

Llegó a Buenos Aires en marzo del ‘82. Ni bien puso un pie en Retiro Iván vio a una muchedumbre que quería tirar abajo la Torre de los ingleses. Tiempos agitados. Vivió en San Telmo, en el Abasto y en Monte Grande. Trabajó en una pizzería del Microcentro, pero lo suyo no eran las masas con salsa de tomate y queso, sino el maquillaje y la puesta en escena para murgas. Como docente en ese arte viajó por varios países de Europa. Berlín y Barcelona le encantaron. En 2008 vivió varios meses al sur de Italia. Allá enseñaba cómo se hacían las puestas en escenas de las murgas uruguayas. Pero el sueño duró poco. Los recortes en el área de Cultura de Berlusconi le hicieron pegar la vuelta a sus pagos. 

Iván llena el formulario del hippie: es artista, viste remera y pantalón de bambula y luce en su mentón una barba encanecida. También es zurdo y banca a muerte a “Pepe” Mujica. En su biblioteca hay lugares reservados para un par de libros sobre el ex Tupamaro y quien le pregunte por el presidente de Uruguay encontrará en Iván al primer defensor. 

—El tipo va a fondo porque no va por otro mandato —dice y enumera—. ¿El aborto? Agarra y va. ¿La legalización de la marihuana? Agarra y va. Para él no hay especulación política. 

Sobre Tabaré Vázquez Iván no guarda los mejores recuerdos. Sobre todo en cuanto al debate sobre el aborto: “Se lavaba las manos con eso del juramento hipocrático y le dejaba el negocio a las mafias blancas”.

Iván mira la luna llena otra vez. El vaso ya tiene poco de whisky y más de agua.

—Vo’, mirá que luna la de hoy. Igual no se compara con la que se ve en el Polonio.

Iván recuerda cuando en Cabo Polonio los puestos de artesanías no aceptaban Visa o Mastercard y cuando llegar allí era toda una aventura. Hace veinte años cumplió uno de sus sueños y se armó un ranchito allá: “Estoy a 200 metros de cada playa —Iván cierra los ojos y se transporta al lugar—. A la noche escucho como rompe la ola de una playa y luego como rompe la otra”. 

Pero Cabo Polonio no es para cualquiera. Una vez le alquiló su ranchito a un porteño y el tipo lo llamó para decirle que no había luz. Iván no dudó. Al inquilino le dijo que le diera las llaves al vecino y que le devolvía la plata: “Ese tipo no entendió nada. No sabía ni a dónde iba”.

Vía Ciudad Pintada

26 febrero 2013

Sol, playa, neurosis y garrafas vacías

Alvar es psicólogo, pero ya no se dedica a analizar angustias ajenas. Ahora, lo suyo es barrer hojas secas, cambiar garrafas, destapar baños y principalmente atender cordialmente a los turistas que se alojan los ranchos que administra su mujer, Claudia, en la Barra de Valizas. Él nos recibe con una gran sonrisa. Detrás nuestro está su esposa argentina, quien no se despega de su cartera negra. Allí guarda su tesoro más preciado: los dólares que pagan los turistas por alojarse. Claudia nos muestra el rancho y se va.

Cuando le contamos a Alvar que somos de Buenos Aires su cara se ilumina: “Lo que más me gusta de allá es el café expreso. Cuando voy lo primero que hago es tomarme uno. Es riquísimo y acá no hay”. Sin embargo, Alvar no es ajeno a la neurosis de los porteños.

—Buenos Aires es divina. Pero la gente tiene una mala onda que no se puede creer: los taxistas sobre todo—dice el otrora psicólogo.

Alvar nos pregunta si ya conocíamos las playas de Rocha, cuánto tiempo nos vamos a quedar y qué lugares vamos a visitar. Alvar es locuaz, creemos que hace rato que no conversa más de diez minutos con alguien. Le contamos que nuestra idea es recorrer varias playas del departamento. Nos felicita por la elección y dice que las playas son hermosas. “La mejor hora son las siete de la tarde”, sentencia Alvar y cuenta las razones: “El agua está calentita y el sol no pega tanto”.

—También teníamos ganas de conocer Cabo Polonio.

—Tengo amigos que viven ahí y es muy lindo. Pero en verano no hay sombra y el sol te mata. Y si vas en invierno, a las cuatro y media de la tarde se hace de noche. Te la regalo.

—¿Y Punta del Diablo?

—Está de moda. Echaron a todos los pescadores porque les arruinaba el paisaje. A los tipos les da vergüenza ir a tomar una cerveza en camiseta al bar al que van durante todo el año porque los miran mal.

Parece que Alvar no quiere que nos vayamos de esta playa. Deberían elegirlo como secretario de turismo de Valizas.

—Van a ver que lindas que son las noches acá. El cielo estrellado es alucinante. Las estrellas son lo único que nos queda.

Claudia regresa. Llegaron dos nuevos turistas y lo busca a Alvar para que les muestre las instalaciones. Allá va él, con una sonrisa de oreja a oreja: “¿De dónde son chicos?”.

08 octubre 2012

Tu amigo, el colectivero


El chofer venía rápido. Quizás un poco más ligero de lo debido. Pero a esa altura de la noche, para quienes viajamos de regreso del trabajo, un conductor con ese ímpetu es una bendición. Siempre y cuando te frene en la parada.

Con la lengua afuera, el pasajero se acomodó la campera, apoyó la tarjeta SUBE sobre el lector y se quedó mirando al chofer. Con la mirada puesta sobre el asfalto de la Avenida del Libertador, el conductor no hizo acuse de recibo. La cara del pasajero se transformó. Una vena de su frente se hinchó y todos los que veníamos escuchando música no hicimos más que quitarnos los auriculares de nuestros oídos.

— A mi el sueldo me lo paga Cristina, no vos. — le espetó el conductor del 130 al pasajero — Mejor mañana que estés agarrado a la parada porque no te voy a parar.

— Pero pelotudo, ¿Quien te crees que sos? ¿Niki Lauda? — escupió el hombre flaco y desgarbado de unos cuarenta años — Estoy pidiendo servicio.

— Andá a quejarte a la empresa. Mira si me voy a fijar en vos, pelotudo. Te bajás del taxi y me hacés señas para que pare. ¿Qué te pensás que tengo un Fiat 600 y puedo frenar en dos metros?

— Qué buena onda que tenés, ¿eh? Esa es la violencia de los colectiveros.

Una venteañera, sentada en el primer asiento del micro cerró su libro, que hacía rato que no leía, agarró su mochila y buscó refugio en los asientos del fondo temiendo que la sangre le salpicara su pantalón blanco. El resto del pasaje no le quitaba la mirada de encima al conductor y su contrincante. No faltó quien haya recordado la pelea de Maravilla frente a Chávez Jr.

— Vení. Vamos abajo. Te estoy invitando. — amenazó el chofer sin soltar el volante y sin siquiera mirar a su contrincante.

— ….

— No ves que te cagas en las patas. — espetó el conductor ante el silencio.

— Pero no podés venir a doscientos con esta batata. ¿A qué velocidad venías?

— Y qué te importa a vos, pelotudo. Si no te gusta, andá a quejarte con la empresa. Ya te dije.

— Qué gauchito que sos vos. — se mofó el pasajero.

— Encima me forreás. Pero sos un pelotudo. Si no nos conocemos, qué te venís a hacer.

— Lo tuyo son los favores. Vos sí que tenés buena predisposición.

— Mi predisposición para vos es darte un vaso de sal en el desierto.

Lo que parecía un insulso viaje más en transporte público se convirtió en un encontronazo a cara de perro entre un conductor con pocas pulgas y un pasajero con ánimo de hacer bromas. A un par de cuadras de Puente Saavedra la discusión se diluyó. Un par de paradas después, el flaco desgarbado se bajó justo frente a un cartel publicitario desgajado con la cara de un sonriente Ravi Shankar respirando con felicidad.

11 septiembre 2012

Susana para todos

Susana no se llama Susana, sino Susanne. Llegó a la Argentina desde Alemania en la década del ‘80 y antes de afincarse en Colón vivió en Villaguay. Entre Ríos se convirtió su lugar en el mundo porque su padre tenía un tambo en la provincia y si bien le gusta vivir en el Litoral, algunas veces piensa que el pueblo está un poco quedado. Sobre todo en materia de información.

A Susana no le agradan los diarios de la zona porque tienen muchas noticias locales y eso la aburre. Por eso es que cada vez que puede, compra algún matutino de Buenos Aires y lo lee de punta a punta.

A Susana no le gusta madrugar, por eso es que sus clientes tienen que avisarle que es la hora del desayuno. Dice que cuando le vaya mejor y tenga muchos turistas va a contratar una persona para que atienda la hostería. Por ahora se las arregla con sus dos hijas. La más grande es una preadolescente con más ganas de vivir en Buenos Aires que tender camas. La más chica todavía es pequeña para algunas tareas, pero con apenas cinco años le avisa a Susana si algún huésped hizo algo fuera de las normas del reglamento del hospedaje.

A Susana se deleita con el Gancia y no desaprovecha la oportunidad para compartir un trago con amigas. De paso, se pone al corriente de las últimas novedades del pueblo y de los pueblos vecinos.

Susana estudió para ser contadora, pero estar ocho horas sentada ayudando en un estudio no era lo suyo. Dice que tiene hormigas en el culo y que por eso necesita un trabajo con más movimiento.

Para Susana, los opuestos se atraen. Algunos son alondras y que otros son búhos suele decirle a sus húespedes. Ella cuenta que es búho. Por eso cuando tenía que ir a negociar a los campos su horario preferido eran las 23. A esa hora muchos creían que Susana no tenía luces para hablar de números. Pero ella les demostraba que no se le escapaba ningún detalle.

07 septiembre 2012

Por la 14

Claudia y Beatriz regresan de El Palmar de Entre Ríos a bordo de una 4 x 4. Viajan por la ruta 14 hacia Colón. Claudia es la guía y Beatriz es la turista contenta  por haber conocido el Parque Nacional. Para evitar el silencio de un viaje compartido, conversan sobre la situación en la zona.

—Usted sabe, no siempre los gobiernos hacen las cosas bien —apunta Claudia al volante.
—Pero ustedes están bien —replica Beatriz, a la derecha de la conductora.
—Digamos que sí.
—¿Hay desocupación en la zona?
—Por suerte hay trabajo. Si bien hay varias cosas, la mayoría vivimos del turismo.
—Me parece que en los treinta últimos años creció mucho gracias a la autopista —afirma Beatriz con su mirada de antropóloga.
—Nos ayudó mucho porque los viajes se hacen más rápido. —responde Claudia, mientras por el espejo retrovisor espía cómo un camión cargado de pollos sobrepasa a la camioneta.
—Se ve la presencia del gobierno nacional en las obras. Como la de la ruta 14.
—Pero la obra de la autovía estaba planeada desde antes que llegaran ellos.
—¿Ah, sí? Pero es algo nuevo. Se hizo ahora. Con este gobierno nacional.
—Pero estaba pensado de antes —repite la conductora y cambia de tema—. El que está haciendo una buena gestión es el Gobernador, a pesar que es su segundo mandato. Y usted sabe, las segundas partes nunca fueron buenas. Por eso suena como uno de los candidatos para suceder a la Presidenta.

El cielo está a punto de venirse abajo. La lluvia es inminente. Un perro callejero le ladra a la camioneta al entrar a la ciudad.

—Este es el frigorífico que le contaba antes —señala Claudia hacia su izquierda— Era sueco y cerró hace dos años. Pero hace unos meses reabrió gracias a empresarios de la región.
—¿Y acá estuvo la Presidenta? —pregunta Beatriz.
—Salió por videoconferencia como le gusta hacer a ella. El que estuvo fue el Gobernador. Dicen que suena como candidato, si es que ella no va por la re reelección —la conductora mira a su copiloto— El Gobernador y la Presidenta tienen muy buena relación.

30 abril 2012

Pisco, ideales y amor a la Patria en el mismo cóctel

Cuatro señoras muy aseñoradas y doradas por el sol regresan de cenar. Se acomodan alrededor de una mesa de vidrio en un hostal de Cerro Azul. Cada una pide un trago para amenizar la velada. La voz cantante del grupo abre el juego de la charla y dispara que “los jóvenes ya no tienen ideales”. Armada de un pisco sour en su mano derecha la mujer de unos sesenta y tantos y pelo furiosamente negro agrega que “van derecho a la corrupción”.

El resto de las compañeras de ocasión asienten con la cabeza al tiempo que también degustan el cóctel por antonomasia del país. Tras su primera intervención se envalentona y la mujer lanza lo que para ella es el problema: la falta de amor por la bandera. “En la instrucción pre militar les enseñaban a querer a su país. Ya no enseñan instrucción cívica”, acota tras un nuevo generoso sorbo a su trago espirituoso.

Sin embargo, la señora reconoce que los tiempos cambian y que “ahora es otro lenguaje”. Ante el distinguido público que sigue de cerca su relato cuenta que un sobrino suyo la aceptó en Facebook. Pero para su sorpresa el “chico serio” de 14 años no utiliza las palabras justas para la personalidad que su tía creía que tenía.

“Las cosas que se dicen ahí me chocan”, agrega la mujer en referencia al trato del joven novel con sus pares dentro de la red social. Para ella hay una solución: “acercarse y entender de qué se trata”. Sus tres compañeras de velada vuelven a asentir con la cabeza sus sabias palabras. “Eso haría si fuese la madre”, dice dándole el último trago a su pisco sour.

23 abril 2012

Consejos de un viejo lobo de mar


Son las ocho de la noche en Cerro Azul, un pequeño pueblo pesquero a unos 130 kilómetros de Lima. Tenemos hambre y sólo hay un restaurante abierto: “La anchoveta azul”. En el restaurante hay una única mesa ocupada —además de la nuestra—. Dos mujeres y un hombre conversan animadamente con una botella una botella ¾ de Cusqueña de por medio.

No hay mucho para elegir en el menú porque es lunes y no hay cocinero. Sin embargo, Efraín, el dueño del lugar, se ofrece para prepararnos unas anchovetas fritas con papas fritas. Aprobamos la sugerencia y se derrumba de un plumazo la idea de una cena liviana.

Cerro Azul es una localidad cuyo mejor momento fueron los años sesenta. Durante esa época, como la gran mayoría de los pobladores, Efraín se ganó la vida como pescador. A sus 71 años regentea un local pegado al muelle y se define como el promotor de la anchoveta. Gracias a Efraín nos enteramos de que este pez cuenta con la cantidad de Omega 3 diaria necesaria para una dieta saludable.

—Comiendo tres filetes por día uno se mantiene sano. A los niños deberían darles filetes de anchoveta y vayan a ver ustedes lo sanos que crecen.

Según Efraín, Perú desaprovechó la oportunidad de imponer este pez como el principal motor económico del país. El gran salto podría haber sido en la década del ochenta. De esos años, Efraín no guarda recuerdos positivos de Alan García, el presidente a quien le achaca no haber difundido la anchoveta: “Nunca debe haber probado una porque estaba gordo como un cerdo”.

20 abril 2012

Última estación: Esperanza (no cerramos los ojos)

En la misma estación hay dos entradas. En una de ellas los pasajeros conforman una auténtica torre de Babel. En la otra están los otros, quienes en realidad son los propios pero ajenos en su territorio. Así está estipulado: cada grupo en su andén y sin chistar.

Todos los pasajeros que abordan el tren en Aguas Calientes están molidos de cansancio. Los de Babel por estar horas recorriendo la ciudadela de Machu Picchu. Los propios pero ajenos por trabajar a sol y lluvia.

En la formación de los mil idiomas un grupo de animados rusos se ríen y muestran sus fotos con el imponente Wayna Picchu de fondo. Uno de ellos pide un whisky en vez de vodka y un servicial mozo se lo alcanza hasta su cómodo asiento. En cambio, en el tren de los propios pero ajenos casi no charlan porque el dolor de sus huesos no los deja hablar.