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04 febrero 2016

El campamento de Juanse

Salí del dentista buscando una farmacia para comprar el antibiótico cuando me encontré a Juanse en la esquina. En realidad, él me encontró a mí. Me preguntó dónde quedaba la calle Ávalos. Sabía que estábamos cerca, tal vez dos, tres o cuatro cuadras. "¿Sos Juanse?", le respondí. "Sí", contestó. "Te hacía más alto", agregué. Puso cara de orto y me pidió que lo acompañara hasta una casa de la calle Ávalos porque iba a comprar tres carpas tipo iglú. Me pareció raro que fuese a comprar carpas a una casa, pero me contó que las había visto por Mercado Libre. Al otro día se iba a un campamento en el cerro Uritorco. Su historia me pareció creíble.

Llegamos hasta la puerta de un PH que se venía abajo. No había timbre. Golpeamos la puerta de chapa despintada, una vez cada uno. Cuando Juanse iba a golpear por tercera vez apareció Alberto, el vendedor de carpas iglú. A él no le sorprendió que Juanse golpeara a su puerta. Probablemente ni siquiera supiese quién era. "Compré tres carpas" y "pasen", fue el escueto intercambio de palabras entre ambos.

Alberto tenía papas fritas entre la barba y ojeras que llegaban hasta el piso. Arrastrando las ojotas, nos condujo hasta el final de un largo pasillo lleno de hojas secas y bolsas de basura acumuladas contra las paredes. "Son éstas", dijo después abrir una puerta de chapa más desvencijada que la de la entrada. Las carpas estaban apiladas una sobre otra. Juanse abrió el bolso donde estaban guardadas y las revisó. "Están usadas. En el anuncio dijiste que eran nuevas", se quejó. Alberto le dijo que estaban "casi" nuevas y que las había usado sólo una vez. Juanse bufó y se sacó los lentes oscuros: "Haceme un descuento del 10 por las tres". Alberto aceptó el trato. Sellaron el pacto con un apretón de manos. Juanse sacó del bolsillo catorce billetes de $100, pero Alberto lo frenó en seco: "No, no, no. Billetes de Evita no. Esos no van más, flaco". Estuvieron unos diez minutos que sí, que no. No hubo caso. Alberto no quería agarrar los billetes de Evita y se cayó la operación.

Con Juanse nos fuimos por donde vinimos: "A este pelotudo lo voy a calificar con un negativo". Nos despedimos con un abrazo. Mi dolor de muelas derivó en un tratamiento de conducto en la pieza 17.

22 agosto 2015

Evo, el surfer boliviano

Ese fue un enero atípico en Bolivia. Los memoriosos recordarán que todo comenzó con el tema del hielo. Durante los primeros días de 2016 resultaba imposible caminar dos pasos sin caerse de trompa al suelo. Los hospitales de Bolivia estuvieron repletos con miles de bolivianos magullados por las caídas: lesiones en la cara, en los brazos, en las piernas, en las manos y en la cara.

El hielo no discriminaba entre tierra, piedra, asfalto, concreto o baldosa. El congelamiento sólo afectó al piso ya que ni las paredes, ni los techos, ni siquiera las cañerías sufrieron del enfriamiento repentino. Tampoco los vehículos o los animales se vieron afectados. Por eso, moverse en auto, moto, bus mula o caballo no representó ningún riesgo durante esos días.

Con el correr de los días aparecieron los oportunistas de turno que llegaron a Bolivia con valijas repletas de todo tipo de calzado anti deslizante. Dinero arrojado a la basura. No había caso ya que igual se terminaba de boca al piso. Los que tampoco tardaron en aparecer fueron los expertos queriendo explicar lo que no se podía explicar. Unos gringos canadienses llegaron a La Paz diciendo que hacía dos siglos atrás se había registrado un fenómeno similar allá. Sus explicaciones duraron poco ya que al pisar suelo boliviano ellos también se fueron de trompa al piso.

Así fue como el suelo resbaloso se convirtió en una cuestión de Estado. La primera recomendación de Evo Morales fue decir que no había que salir a la calle y mantener la calma. La idea del presidente era reducir los accidentes, pero su propuesta no tuvo buena recepción porque los bolivianos querían ir de un lado a otro como todos los días.

Este paso en falso de Evo era la oportunidad que los santacruceños estaban esperando para pegarle al presidente boliviano. Los medios de comunicación comenzaron a bombardear con la idea de que Morales no sabía responder ante una situación inesperada y pidieron su renuncia inmediata.

Las autoridades bolivianas debieron actuar rápido para que el asunto no se les vaya de las manos porque se dieron cuenta que el malestar de los bolivianos se hizo presente en las encuestas. En apenas cinco días Evo Morales pasó de un 68% de aprobación de su gestión a un pobrísimo 32%.

Para contrarrestar estos números, al equipo del presidente de Bolivia se le ocurrió llevar a Evo hasta Pisiga, un pequeño pueblo cerca del paso internacional con Chile. La jugada era arriesgada: el presidente podía caer de boca al suelo y convertirse en el hazme reír de todo el mundo. Pero la empresa de la mesa chica del Palacio Quemado era reavivar la polémica con el país vecino para correr del eje la agenda mediática.  

Evo aceptó el desafío y no aceptó los trucos que su equipo le proponía. El presidente dio pautas concretas: llegar a Pisiga, caminar unos 20 metros y sacarse una foto que inmortalice el momento. El presidente arribó el mediodía del 8 de enero de 2016 junto a un séquito de periodistas, camarógrafos y fotógrafos. 

El mandatario se bajó de una camioneta y a paso firme caminó unos metros sin caerse al piso. El operativo era todo un éxito. Con una sonrisa de oreja Evo levantó su pie izquierdo y, ante las cámaras, lo dejó caer con fuerza contra el suelo. El asfalto tembló y la tierra se abrió en dos. En pocos segundos el agua comenzó a emerger y en cuestión de minutos la Pachamama le dio a Bolivia su soberana salida al mar, algo que venía reclamando desde hacía años. 

Todo lo que vino después es historia conocida. Apenas un par de días más tarde Evo remontó una ola a bordo de una tabla y dio por inaugurado el primer campeonato nacional de surf de Bolivia. 

08 mayo 2015

Gordo merquero

Son casi las dos de la mañana y acá estamos, cagándonos de frio en la plaza esperando a que llegue Morrón. Eduardo dice que ya no está tomando merca y que sólo quiere pegar un veinticinco de porro copado para bajar la ansiedad. Para Eduardo, el porro es el sustituto de las cuatro comidas diarias: se fuma uno a la mañana, otro al mediodía, el tercero a la tarde y el último del día antes de irse a dormir.

—¿Querés?—Eduardo me ofrece fumar la tuca que se encontró en el bolsillo de la campera.
—No, gracias. Así estoy bien.

No me gusta fumar tucas porque es basura, la resaca del porro: toda la resina del papel acumulada. Además, la tuca se apaga todo el tiempo y para encenderla te quemás los dedos.

—¿A qué hora te dijo que venía Morrón?—pregunto fregándome las manos buscando un poco de calor.
—Ahora. Ya tiene que estar por llegar.—Eduardo lucha para encender la tuca.

Morrón vende merca y porro y como buen drogadicto, se toma y se fuma lo que vende. Hasta hace un par de meses estuvo desaparecido. Según Eduardo, los de la barra de Lamadrid le hicieron una cama porque Morrón se paró de guantes cuando le quisieron copar la plaza. Lo cagaron a trompadas entre cuatro y al día siguiente la cana lo puso cuando le vendía un par de porros a unos guachos en la plaza. Hay otra versión en el barrio que dice que Morrón se cogía a la mujer de El Pato, capo de la barra de Lamadrid, quien lo cagó a trompadas y lo mandó a tomarse el palo. Tras un par de meses exiliado, Morrón volvió al barrio.

—Pegale un llamado para ver qué onda.
—Loco, Morrón va a venir. Me dijo que lo esperemos acá.
—Pero Gordo, hace como una hora que estamos acá cagandonos de frio.

A Eduardo nunca le dijimos Edu, ni Eduardito. Siempre fue el Gordo. Cuando teníamos diez años era obeso, pero ahora está flaco. Igual le seguimos diciendo Gordo.

—Morrón no va a venir. Se la tomó y no va  a venir.

Eduardo me mira fijo. No le gustó un carajo lo que dije.

—Vinimos a pegar porro. Te dije que no estoy tomando más merca. Loco, nadie me cree. ¿Qué se piensan, que soy un gordo merquero?

A Eduardo lo dejó la novia hace un par de semanas. Él dice que la piba no sabe qué quiere de su vida y que por eso se fue a la mierda. Pero en realidad la piba no se quiere hacer cargo de un novio merquero. Me lo dijo el mismo día que se mandó a mudar. No es fácil seguirle el tren a Eduardo, no se da cuenta que es un drogadicto.

—No te persigas, Gordo. Estoy acá haciendo la segunda.
—Entonces, aguantá los trapos. Morrón va a venir.

11 febrero 2015

Sudoraciones de una noche de verano

Blanco por aquí, blanco por allá: la nieve por todos lados. A lo lejos se ve un bosque y entre los árboles se ve humo. Creo que sale de la chimenea de una casa. Hacia allí voy.

A cada paso, los pies se entierran en unos 15 centímetros de nieve. Así se hace imposible. El frío cala fuerte en los huesos. Estoy literalmente congelado. No creo que llegue hasta el bosque con esa casa y esa chimenea que brinde un poco de calor. Me voy a quedar congelado en el próximo paso. Cierro los ojos y me quedo inmóvil temblando de frío. Estoy a punto de desmayarme. Ya está. Hasta acá llegué. El frío ganó la batalla.

Alguien me da una cachetada y me grita: “Abrí los ojos”. Acto reflejo lo veo a Pino Solanas con su polera bordó y un saco gris de lana. “Están vaciando el país”, me dice mirándome a los ojos. Pino me agarra de los hombros y me sacude: “Ya se robaron 10 mil millones de dólares”.

02 febrero 2015

La nota azul

Toma su vaso de whisky con la mano derecha, se para y se acerca al ventanal. Ahí afuera, las copas de los árboles se revolean de un lado al otro. En el amplio living de su departamento hay olor a lluvia. Hace tiempo que no se siente tan lleno, tan completo. Como si hubiese rejuvenecido un par de décadas y volvieran los años dorados.

Un relámpago ilumina de la calle desierta en la medianoche de un lunes de verano. En apenas unos segundos el repiqueteo de la lluvia contra los vidrios se hace más fuerte. La trompeta de Miles copa el aire del ambiente, se abraza con el solo de batería y entre ambas hacen bailar al piano y al contrabajo. Ahora, Miles acelera el paso de su trompeta y llega a lo más alto de la nota. Él cierra los ojos y lo imagina soplando a más no poder: los cachetes del negro inflados en todo su esplendor. Se sonríe porque es una de sus canciones favoritas y porque todo el país habla de la misma muerte. Sabe que algo de todo eso que pulula en la radio, la televisión y los diarios se debe a su mano invisible.

02 noviembre 2014

Otro domingo

La adolescente quiere matar a su madre. Ayer tampoco la dejó ir a bailar. “Tener 13 años es una mierda”, le escribe a su mejor amiga por WhatsApp. “Chica para unas cosas y grande para otras. La vida de un adolescente es una mierda”, agrega. Doble tilde verde. En su cabeza planea cómo sería fugarse con su mejor amiga al Sur. Se lo dice a su amiga. Le cuenta que le gustaría conocer El Bolsón con ella. Su mejor amiga nunca le responderá.

El padre le enseña a patear a su hijo. La pelota es más grande que el chico y los pelos de su corte taza le tapan los ojos. El resultado, cantado: el chico le pega de puntín y la pelota sale para cualquier lado. El padre, insiste. Le pide que patee despacio y que se la pase a él. Al chico parece no importarle, le da otra vez de punta. La pelota termina en el medio de la calle. El padre cree que su hijo nunca será el nuevo Messi.

La mujer fuma sentada en el banco de la plaza. Hace tres años había dejado de fumar porque unos análisis le habían dado mal. “Seguro que ese hijo de puta ahora se está cogiendo a esa pendeja de mierda”, piensa. El que todavía es su marido le dijo hace tres días que le pasan cosas con una alumna de la facultad y que está confundido. “Confundido a los 47 años. Si será hijo de puta el pelotudo ese. Qué mierda le vi a ese hijo de puta”, dice. Apaga el cigarrillo contra el asiento. “Hijo de remil puta. Ojalá se te caiga la pija”, murmura y enciende otro cigarrillo.

23 agosto 2013

Yo quiero mi pedazo

El pibe se encuentra por casualidad a la amiga en la parada del bondi. Intuye que ella puede conseguirle lo que no encuentra desde hace días.

—No hay por ningún lado —dice él.
—A veces pasa —contesta la amiga.
—¿Vos tenés algo?
—Puedo conseguir un poco. A mi marido le cabe, así que puedo tener.
—Joya. Es que no se consigue por ningún lado— repite él.
—Sí, a veces pasa.

El pibe mira hacia atrás dos veces para asegurarse que nadie esté escuchando la conversación. Ella, sentada en el banco del refugio espía si viene el bondi que la deja frente al Banco Provincia.

—¿Cuál era tu timbre?—quiere saber el pibe.
—Segundo A.
—¿A qué hora puedo pasar?
—Y, venite a la una y media— y enseguida se corrige—. Mejor a las dos de la tarde.
—Joya. Paso a las dos. Nos vemos.

El pibe se aleja con las manos dentro de los bolsillos del camperón de River para combatir la ola polar. Ella espera un par de minutos más el bondi. Sube al 93. Se acomoda en el asiento y llama al marido.

—Hola, mi amor. ¿Hoy lo ves al tipo este? Tengo un amigo que también quiere.
Del otro lado de la línea la idea no agrada.
—Es un amigo del barrio. Está todo bien. Quiere un 25.

Vía Ciudad Pintada

23 febrero 2013

La puta que nadie quiere coger

Ahí está una vez más, esperando al primer cliente de la noche. No pierde la esperanza de que un taxista o un trasnochado la levante en su esquina. Ya ni se acuerda lo que es coger por plata. Ni siquiera sabe cuál fue su último cliente.

A metros del cementerio de la Chacarita aguarda en la que será una noche larga.

Y se largó a llover como la última vez. El agua cae a baldazo limpio y ella se refugia debajo del techo de la entrada del edificio de Edenor. “Los de la radio no dijeron que se iba a largar semejante tormenta”, se dice.

El rimel berreta comprado en un súper chino de mala muerte ya es historia.

La lluvia es cada vez más fuerte. A lo lejos se ven destellos de relámpagos. Es prácticamente un hecho que esta noche nadie la va a levantar.

Doblando por Guzmán se acerca un taxi. Avanza bien despacio.

Ella se acomoda la peluca rubia y se acerca al cordón de la vereda. El taxi pasa por delante de ella y no frena. El taxi sigue camino y dobla por Jorge Newbery.

Ella espera por el primer cliente de la noche. Ahora, completamente empapada.

23 noviembre 2012

La calma chicha


El agua cae en cámara lenta. La yerba se hincha y M. me pasa el mate. La temperatura del agua es la justa. Sin embargo, hace calor para tomar mate. Los 35 grados que entran por el ventanal abierto de par en par lo certifican. Pero para M. la costumbre de los amargos a media tarde no se negocia.

El agua vuelve a caer en cámara lenta. La yerba se hincha hasta el mismo punto de la cebada anterior. M. parece sonreír ante su precisión quirúrgica. Pero es un espejismo porque es difícil darse cuenta cuando M. está contento o amargado. La euforia parece no estar dentro de su ADN.

El agua del termo se acabó. M. pone de pie su desgarbada figura de casi dos metros y encara hacia la cocina arrastrando sus ojotas número 45. Carga la pava con agua de la canilla. Saca un fósforo de la caja y enciende la hornalla. Acomoda la pava sobre el fuego de manera tal que el fuego abraza a la pava de forma simétrica. Agita el fósforo y lo apaga. Abre la canilla y empapa el fósforo apagado. Levanta la tapa del tacho y arroja el fósforo. Me pregunta si deseo algo de comer. Le respondo que sí. Dice que sólo le quedan galletitas de agua.

Foto: Juanpol

08 octubre 2012

Tu amigo, el colectivero


El chofer venía rápido. Quizás un poco más ligero de lo debido. Pero a esa altura de la noche, para quienes viajamos de regreso del trabajo, un conductor con ese ímpetu es una bendición. Siempre y cuando te frene en la parada.

Con la lengua afuera, el pasajero se acomodó la campera, apoyó la tarjeta SUBE sobre el lector y se quedó mirando al chofer. Con la mirada puesta sobre el asfalto de la Avenida del Libertador, el conductor no hizo acuse de recibo. La cara del pasajero se transformó. Una vena de su frente se hinchó y todos los que veníamos escuchando música no hicimos más que quitarnos los auriculares de nuestros oídos.

— A mi el sueldo me lo paga Cristina, no vos. — le espetó el conductor del 130 al pasajero — Mejor mañana que estés agarrado a la parada porque no te voy a parar.

— Pero pelotudo, ¿Quien te crees que sos? ¿Niki Lauda? — escupió el hombre flaco y desgarbado de unos cuarenta años — Estoy pidiendo servicio.

— Andá a quejarte a la empresa. Mira si me voy a fijar en vos, pelotudo. Te bajás del taxi y me hacés señas para que pare. ¿Qué te pensás que tengo un Fiat 600 y puedo frenar en dos metros?

— Qué buena onda que tenés, ¿eh? Esa es la violencia de los colectiveros.

Una venteañera, sentada en el primer asiento del micro cerró su libro, que hacía rato que no leía, agarró su mochila y buscó refugio en los asientos del fondo temiendo que la sangre le salpicara su pantalón blanco. El resto del pasaje no le quitaba la mirada de encima al conductor y su contrincante. No faltó quien haya recordado la pelea de Maravilla frente a Chávez Jr.

— Vení. Vamos abajo. Te estoy invitando. — amenazó el chofer sin soltar el volante y sin siquiera mirar a su contrincante.

— ….

— No ves que te cagas en las patas. — espetó el conductor ante el silencio.

— Pero no podés venir a doscientos con esta batata. ¿A qué velocidad venías?

— Y qué te importa a vos, pelotudo. Si no te gusta, andá a quejarte con la empresa. Ya te dije.

— Qué gauchito que sos vos. — se mofó el pasajero.

— Encima me forreás. Pero sos un pelotudo. Si no nos conocemos, qué te venís a hacer.

— Lo tuyo son los favores. Vos sí que tenés buena predisposición.

— Mi predisposición para vos es darte un vaso de sal en el desierto.

Lo que parecía un insulso viaje más en transporte público se convirtió en un encontronazo a cara de perro entre un conductor con pocas pulgas y un pasajero con ánimo de hacer bromas. A un par de cuadras de Puente Saavedra la discusión se diluyó. Un par de paradas después, el flaco desgarbado se bajó justo frente a un cartel publicitario desgajado con la cara de un sonriente Ravi Shankar respirando con felicidad.

19 septiembre 2012

Otra vez sin Internet, otra vez sopa

— Es un problema de la señal de afuera. — sentencia categóricamente Raimundo, el técnico que debe revisar por qué la conexión a Internet es tan mala.— La caja del teléfono y el módem están perfectos. No es de acá la cosa.

Raimundo mide 1,90 metros y al subir por la empinada escalera casi se rompe la cabeza contra el techo. Su andar es desganado y su cara estilo Droopy le hace honor. No hace frío para bufanda, pero Raimundo viste una color azul Francia que intenta combinar con un pantalón de vestir negro, camisa al tono y una campera verde petróleo de gabardina.

En búsqueda de la solución al problema de conexión, el hombre que, ya pasó los cuarenta, saca de su mochila negra un módem igual al que tengo desde hace 20 días. Lo prueba y el resultado es el mismo: señal débil, por no decir casi nula. Raimundo resopla, como si el desperfecto en la conexión no fuese ninguna novedad. Levanta el tubo del teléfono, marca una serie de códigos y chequea la información que recibe del otro lado con datos que aparecen en su BlackBerry. Las noticias no son buenas.

— Es un problema de la señal de afuera. — insiste — Los decibeles están por debajo de los que debería tener. Lo ideal es 10 y acá me marca que tenés 8.

Nuevamente levanta el tubo del teléfono. Esta vez, para comunicarse con la compañía proveedora del (deficiente) servicio. Ni hola, ni cómo estás, ni qué tal la familia. Directo a los papeles.

— Te paso el código. Esperá que me perdí. — dice con su tono de voz monocorde, mientras con su mano izquierda se rasca su cabeza entrada en canas.

Raimundo le canta al operador una serie de números y letras y anota lo que le responden.

— Bueno, inicié el reclamo para que te lo arreglen. En 48 o 72 horas debería estar resuelto. Vos llamalos y preguntales por el reclamo. Si te dan vueltas mandalos a la punta del obelisco: que no se hagan los cocoritos. Mostrale los dientes. Yo no soy un tipo violento, — aclara — pero estos tipos me ponen loco.

Con la satisfacción del deber cumplido Raimundo se despide deseándome un buen día y al estrecharme la derecha me deja un consejo:

— Metete en YouTube y poné call center de Arnet. Te morís de risa con las grabaciones.

11 septiembre 2012

Susana para todos

Susana no se llama Susana, sino Susanne. Llegó a la Argentina desde Alemania en la década del ‘80 y antes de afincarse en Colón vivió en Villaguay. Entre Ríos se convirtió su lugar en el mundo porque su padre tenía un tambo en la provincia y si bien le gusta vivir en el Litoral, algunas veces piensa que el pueblo está un poco quedado. Sobre todo en materia de información.

A Susana no le agradan los diarios de la zona porque tienen muchas noticias locales y eso la aburre. Por eso es que cada vez que puede, compra algún matutino de Buenos Aires y lo lee de punta a punta.

A Susana no le gusta madrugar, por eso es que sus clientes tienen que avisarle que es la hora del desayuno. Dice que cuando le vaya mejor y tenga muchos turistas va a contratar una persona para que atienda la hostería. Por ahora se las arregla con sus dos hijas. La más grande es una preadolescente con más ganas de vivir en Buenos Aires que tender camas. La más chica todavía es pequeña para algunas tareas, pero con apenas cinco años le avisa a Susana si algún huésped hizo algo fuera de las normas del reglamento del hospedaje.

A Susana se deleita con el Gancia y no desaprovecha la oportunidad para compartir un trago con amigas. De paso, se pone al corriente de las últimas novedades del pueblo y de los pueblos vecinos.

Susana estudió para ser contadora, pero estar ocho horas sentada ayudando en un estudio no era lo suyo. Dice que tiene hormigas en el culo y que por eso necesita un trabajo con más movimiento.

Para Susana, los opuestos se atraen. Algunos son alondras y que otros son búhos suele decirle a sus húespedes. Ella cuenta que es búho. Por eso cuando tenía que ir a negociar a los campos su horario preferido eran las 23. A esa hora muchos creían que Susana no tenía luces para hablar de números. Pero ella les demostraba que no se le escapaba ningún detalle.

07 septiembre 2012

Por la 14

Claudia y Beatriz regresan de El Palmar de Entre Ríos a bordo de una 4 x 4. Viajan por la ruta 14 hacia Colón. Claudia es la guía y Beatriz es la turista contenta  por haber conocido el Parque Nacional. Para evitar el silencio de un viaje compartido, conversan sobre la situación en la zona.

—Usted sabe, no siempre los gobiernos hacen las cosas bien —apunta Claudia al volante.
—Pero ustedes están bien —replica Beatriz, a la derecha de la conductora.
—Digamos que sí.
—¿Hay desocupación en la zona?
—Por suerte hay trabajo. Si bien hay varias cosas, la mayoría vivimos del turismo.
—Me parece que en los treinta últimos años creció mucho gracias a la autopista —afirma Beatriz con su mirada de antropóloga.
—Nos ayudó mucho porque los viajes se hacen más rápido. —responde Claudia, mientras por el espejo retrovisor espía cómo un camión cargado de pollos sobrepasa a la camioneta.
—Se ve la presencia del gobierno nacional en las obras. Como la de la ruta 14.
—Pero la obra de la autovía estaba planeada desde antes que llegaran ellos.
—¿Ah, sí? Pero es algo nuevo. Se hizo ahora. Con este gobierno nacional.
—Pero estaba pensado de antes —repite la conductora y cambia de tema—. El que está haciendo una buena gestión es el Gobernador, a pesar que es su segundo mandato. Y usted sabe, las segundas partes nunca fueron buenas. Por eso suena como uno de los candidatos para suceder a la Presidenta.

El cielo está a punto de venirse abajo. La lluvia es inminente. Un perro callejero le ladra a la camioneta al entrar a la ciudad.

—Este es el frigorífico que le contaba antes —señala Claudia hacia su izquierda— Era sueco y cerró hace dos años. Pero hace unos meses reabrió gracias a empresarios de la región.
—¿Y acá estuvo la Presidenta? —pregunta Beatriz.
—Salió por videoconferencia como le gusta hacer a ella. El que estuvo fue el Gobernador. Dicen que suena como candidato, si es que ella no va por la re reelección —la conductora mira a su copiloto— El Gobernador y la Presidenta tienen muy buena relación.

21 agosto 2012

Del otro lado del escritorio


— Si quieren subir no van a poder: está cerrado. — dice la mujer abrigada con un camperón negro detrás del escritorio y en pocos segundos derrumba nuestra intención de espiar la Plaza San Martín desde el mirador de la Torre de los ingleses.

Podría llamarse Gladis o Flora, como aquel personaje de Antonio Gasalla que desde la recepción de un edificio público atendía de mala gana a quien se cruzara por su camino. Esta señora no está sola. Un encargado de seguridad la acompaña. Al parecer su pasatiempo favorito son los crucigramas y se rasca la cabeza pensando esa palabra que le falta para completar otra revista.

— ¿Por qué no se puede subir? — pregunto viendo la puerta abierta del asecensor.
— No están dadas las condiciones de seguridad. Desde el 2006 que no funciona porque descubrieron que no hay escalera de emergencia. Sólo está esa escalerita marinera que ven ahí y se imaginarán que por ahí nadie puede escapar.
— ¿Y está pensado hacer algo para que se pueda acceder?
— No creo.
— Qué lástima.

En el interior de la torre de Retiro hoy funciona el Centro de Informes de Museos del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Pero sin poder subir hasta la cima, la torre pierde su gracia.

La señora detrás del escritorio está molesta con su trabajo y se nota a la legua.

— Nosotros hacemos nuestro trabajo lo mejor posible. — apunta la empleada porteña. — Si viene Macri te mira de arriba, pero a nosotros no nos reconocen.

Nos quedamos escuchando su descargo.

— Los negocios personales si los hacen bien. Pero no nosotros no podemos tener ni una concesión. — se sigue quejando la mujer. — Este país algún día va a cambiar: cuando la gente vote bien.

Nos despedimos agradeciendo la información brindada y le deseamos suerte. Detrás nuestro llega una pareja de brasileros también con la intención de visitar la torre. Allí, espera la empleada quien les dará la mala noticia.

15 agosto 2012

La cinta, Gonzalito

— ¡Yo tenía $ 50! Te muestro el vuelto que me diste. No me robé nada. — gritó exaltada una señora al ser frenada cuando se iba del supermercado chino de su barrio.
— Usted no pagó té. — inquirió uno de los dueños del establecimiento sin que se le mueva un pelo.
— Sí que lo pagué. Pagué todo. Vos  me acusás porque fui a dejar la canasta acá — apuntó la injuriada señalando la pila de canastitos de plástico arrumbados al lado de una decena cajones repletos de envases de cervezas vacíos.
— Le paso video. — apuró en decir el chino con la tranquilidad de saber que no se equivocaba en su veredicto.

El volumen de la discusión subió y pronto los que estábamos en la cola para pagar apuntamos las miradas y paramos las orejas hacia el altercado entre dueño y clienta. La otra mandamás del negocio le pidió disculpas a una señora que sólo llevaba un paquete de tapas de empanadas y salió disparada hacia la puerta para ver bien qué pasaba.

Inquirió a su compañero en chino y la permanente rubia de la acusada de llevarse un té estalló de furia: “Hablen en mi idioma”, retrucó resaltando el mí. No le llevaron el apunte y siguieron discutiendo entre ellos.

— ¡No hablen en chino! — gritó esta vez para que la fiambrera del fondo también la escuche. — Hablen en mi idioma.
— Usted llevó té sin pagar — volvió a la carga el chino.
— A ver qué hay en video — ordenó la china con ánimos de apaciguar las aguas.
— Ahí se ve cómo te lo pago y voy a dejar la canasta acá — se volvió a defender la señora agarrándose los lentes con su mano derecha.

Tras observar la filmación de las cámaras de seguridad, los chinos volvieron a debatir la situación en su idioma. Ella parecía retrucarle algo a él y él se defendía señalándole el monitor con la grabación. Tras un par de minutos de discusión llegó el veredicto final.

— Perdoname. Está todo bien, amiga. — dijo la china poniendo su mejor cara.
— Ok. Te disculpo, pero hay que tener un poco más de confianza en los demás. — le contestó la mujer y se fue indignada.

La china volvió a su puesto. Le cobró $ 7 a la señora por las tapas de empanadas y mientas le agarraba el billete de 10 seguía retando al chino.

30 julio 2012

Peluca


Llegué diez minutos más tarde de lo pautado. Un tipo de unos cincuenta años, canoso y medio pelado se levanta del sillón para darle lugar a un cuarentón que desde hace un par de años ya peina sus primeras canas con raya al costado.

 — No. Esperá. — lo frena Tony, aún con unas tijeras en su mano derecha — Este es el pibe que te dije que ya tenía turno.

El cuarentón que no se había sacado la campera, recula y me hace  un gesto para que me siente. El viejo pelado le estrecha la derecha a Tony, le agradece por los servicios prestados y se despide hasta la próxima. Ahora, el peluquero quita los pocos pelos blancos que había sobre el sillón, también me invita a tomar asiento y pregunta cómo vamos a cortar el pelo.

 — Como siempre — respondí — Andá cortando y lo vamos viendo.

El cuarentón está parado a mi derecha, yendo y viniendo, hamacándose como si se estuviera haciendo pis. Es un tic. Su barriga más que prominente va y viene, balanceándose sobre la tela de una araña.

— Está todo arreglado. Mirá sino los últimos campeones. — esclarece retomando la conversación con Tony — El año que viene nos toca a nosotros, porque ganamos cada seis años — añade con precisión matemática al recordar los campeonatos de San Lorenzo de 1995, 2001 y 2007.
— Si siguen así no lo creo. — chicanea Tony — Díganle a Tinelli que ponga la plata.
— Ese no pone más plata. Ya aprendió — sentencia el sanlorencista — El fútbol está lleno de historias de arreglos de partidos. — acota y se explaya — En el ’88 me acuerdo que River se dejó ganar contra Platense para que el Calamar no se vaya al descenso. Y después se lo cobraron porque en el ’95 Platense se dejó ganar contra las Gallinas para que River saliera campeón.
— Sí, de eso me acuerdo. Los de Platense siempre llegaban al final del torneo peleando el descenso. — agrega el estilista riverplatense.
— Los que hablan que antes el fútbol era otra cosa se equivocan — vuelve a la carga el cuarentón — Ahora, al Barcelona le sacan plata porque Messi no juega un partido. Pero a mi me han contado que en la época de Bernabé Ferreyra en River ya se hacia eso. Si él jugaba la entrada  salía 5 pesos y si no jugaba costaba 3 pesos. Por eso es que Bernabé lo  llevaban en avioneta, para que estuviera siempre.

30 abril 2012

Pisco, ideales y amor a la Patria en el mismo cóctel

Cuatro señoras muy aseñoradas y doradas por el sol regresan de cenar. Se acomodan alrededor de una mesa de vidrio en un hostal de Cerro Azul. Cada una pide un trago para amenizar la velada. La voz cantante del grupo abre el juego de la charla y dispara que “los jóvenes ya no tienen ideales”. Armada de un pisco sour en su mano derecha la mujer de unos sesenta y tantos y pelo furiosamente negro agrega que “van derecho a la corrupción”.

El resto de las compañeras de ocasión asienten con la cabeza al tiempo que también degustan el cóctel por antonomasia del país. Tras su primera intervención se envalentona y la mujer lanza lo que para ella es el problema: la falta de amor por la bandera. “En la instrucción pre militar les enseñaban a querer a su país. Ya no enseñan instrucción cívica”, acota tras un nuevo generoso sorbo a su trago espirituoso.

Sin embargo, la señora reconoce que los tiempos cambian y que “ahora es otro lenguaje”. Ante el distinguido público que sigue de cerca su relato cuenta que un sobrino suyo la aceptó en Facebook. Pero para su sorpresa el “chico serio” de 14 años no utiliza las palabras justas para la personalidad que su tía creía que tenía.

“Las cosas que se dicen ahí me chocan”, agrega la mujer en referencia al trato del joven novel con sus pares dentro de la red social. Para ella hay una solución: “acercarse y entender de qué se trata”. Sus tres compañeras de velada vuelven a asentir con la cabeza sus sabias palabras. “Eso haría si fuese la madre”, dice dándole el último trago a su pisco sour.

23 abril 2012

Consejos de un viejo lobo de mar


Son las ocho de la noche en Cerro Azul, un pequeño pueblo pesquero a unos 130 kilómetros de Lima. Tenemos hambre y sólo hay un restaurante abierto: “La anchoveta azul”. En el restaurante hay una única mesa ocupada —además de la nuestra—. Dos mujeres y un hombre conversan animadamente con una botella una botella ¾ de Cusqueña de por medio.

No hay mucho para elegir en el menú porque es lunes y no hay cocinero. Sin embargo, Efraín, el dueño del lugar, se ofrece para prepararnos unas anchovetas fritas con papas fritas. Aprobamos la sugerencia y se derrumba de un plumazo la idea de una cena liviana.

Cerro Azul es una localidad cuyo mejor momento fueron los años sesenta. Durante esa época, como la gran mayoría de los pobladores, Efraín se ganó la vida como pescador. A sus 71 años regentea un local pegado al muelle y se define como el promotor de la anchoveta. Gracias a Efraín nos enteramos de que este pez cuenta con la cantidad de Omega 3 diaria necesaria para una dieta saludable.

—Comiendo tres filetes por día uno se mantiene sano. A los niños deberían darles filetes de anchoveta y vayan a ver ustedes lo sanos que crecen.

Según Efraín, Perú desaprovechó la oportunidad de imponer este pez como el principal motor económico del país. El gran salto podría haber sido en la década del ochenta. De esos años, Efraín no guarda recuerdos positivos de Alan García, el presidente a quien le achaca no haber difundido la anchoveta: “Nunca debe haber probado una porque estaba gordo como un cerdo”.

20 abril 2012

Última estación: Esperanza (no cerramos los ojos)

En la misma estación hay dos entradas. En una de ellas los pasajeros conforman una auténtica torre de Babel. En la otra están los otros, quienes en realidad son los propios pero ajenos en su territorio. Así está estipulado: cada grupo en su andén y sin chistar.

Todos los pasajeros que abordan el tren en Aguas Calientes están molidos de cansancio. Los de Babel por estar horas recorriendo la ciudadela de Machu Picchu. Los propios pero ajenos por trabajar a sol y lluvia.

En la formación de los mil idiomas un grupo de animados rusos se ríen y muestran sus fotos con el imponente Wayna Picchu de fondo. Uno de ellos pide un whisky en vez de vodka y un servicial mozo se lo alcanza hasta su cómodo asiento. En cambio, en el tren de los propios pero ajenos casi no charlan porque el dolor de sus huesos no los deja hablar.

17 abril 2012

La danza de los presidentes


“Ahora la cosa esta mejor”, me cuenta Fernando, mientras nos alejamos de Cusco rumbo a Pisac. “Digamos que en el Perú hay trabajo, pero no te imaginás lo que era en la época de Alan García”, agrega este apasionado por la historia de los incas y del pueblo quechua. Según él, durante el primer gobierno del mandatario — del ’85 al ’90 —, el país llegó a tener hasta un 1.000% de inflación: “era una locura”, enfatiza Fernando tomándose la cabeza.

Siendo licenciado en turismo comenzó a trabajar en el rubro en el 2000. Si bien durante muchos años lo suyo era exclusivamente guiar turistas por el Camino del Inca, con el paso del tiempo su rodilla derecha le pasó factura y debió abandonar esa práctica. Por esos años, Alberto Fujimori ya era cuestionado por la opinión pública y empezaba a despedirse como presidente de Perú en medio de un escándalo tras otro.

El recuerdo de esa época no es la mejor para Fernando porque “su gobierno fue muy corrupto”. Por eso destaca como un gran avance para la Justicia que Fujimori sea juzgado por casos de corrupción y por su actuación contra Sendero Luminoso. “El tipo era un verdadero sanguinario: quien estuviese sospechado de terrorista era aniquilado”, señala respecto a las maniobras del otrora presidente peruano frente a la organización de Abimael Guzmán.

Actualmente Fernando prefiere recorrer el Valle Sagrado a bordo de una camioneta contándoles a los visitantes la historia de cada ciudad asentada en los alrededores de Cusco. Faltan pocos kilómetros de llegar a Pisac y le consulto a Fernando sobre el actual presidente, Humala. Para él, Ollanta aún tiene crédito a su favor porque asumió “recién el año pasado”. Sin embargo, advierte que “no la tiene fácil”. “En las elecciones había que elegir entre él y Keiko”, grafica Fernando sobre la segunda vuelta en la que el ex militar venció a la hija de Fujimori obteniendo el 51,4% de los votos.

En los días previos al balotaje asegura que para muchos era “como elegir entre el Cáncer o el Sida”. Le pregunto por quién votó él y, con una cintura que cualquier canciller del mundo envidiaría, sólo atinó a contestar que “todavía ninguna de las enfermedades tiene cura”. Para Fernando los peruanos aún “le achacan a Ollanta que sea amigo de Chávez” y cuenta que el actual mandatario peruano decidió cambiar su imagen para las pasadas elecciones eligiendo “poner a Lula como su espejo”.

En los matutinos peruanos la primera dama, Nadine Heredia, es noticia por anticipar vía Twitter anuncios que su marido aún no había comunicado a la población. Le pregunto a Fernando sobre el tema y me dice que “ella es la que lleva los pantalones en el Gobierno”. Además, asegura Nadine “será candidata presidencial en 2016”.

Vía Ciudad Pintada