Pages

Mostrando las entradas con la etiqueta Apostillas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Apostillas. Mostrar todas las entradas

14 julio 2015

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges.

Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges.

Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges.

Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges, Jorge Luis Borges.

09 junio 2015

Remisero

En un día de paro de transporte los taxis copan la avenida Corrientes. Pero sólo algunos van ocupados, la mayoría de los autos viaja vacío hacia el bajo porteño. Buenos Aires sin colectivos es rara, como si le faltara algo.

Para llegar desde Villa Urquiza a San Telmo me tomé un remis a costas de la empresa (nunca menos). Me tocó un remisero que fue colectivero y quien me puso al día con el rubro de los viajes en auto: “Hoy lo que más sale es el laburo de mensajería”. Porque para llevar y traer trastos las empresas también usan remises.

Pero además de trabajar en la remisería también hace viajes por su cuenta para sumar unos mangos más. “Todos los días llevo la vianda a una oficina que pide comida vegetariana a un bolichito enfrente de la remisería”, cuenta después de pasar en rojo el cuarto semáforo del viaje. “Son todas pibas que comen sano porque se quieren ver flaquitas. Como yo, que la semana que viene arranco con la dieta”, agrega entre risas.

El remisero se amasa la panza que le toca el volante del auto y se ríe. El mes que viene arranca con los preparativos para hacerse un bypass gástrico. Pero la operación que alguna vez se hizo el Diego no es moco de pavo. “Me tienen que ver un psicólogo, un clínico y un cirujano”, apunta. También estuvo más de un año para que le aprueben la operación: “mi obra social me la bochó, pero lo tramité por el lado de mi mujer y de tanto insistir me salió”.

Pero el remisero también tiene la rodillas maltrechas. Luego de la batalla ganada por el bypass gástrico busca que le implanten un par de prótesis que le permitan subir y bajar del colectivo sin dificultades. 

Claro que la burocracia de la salud le vuelve a poner trabas: “Con tal de no operarme los médicos me dijeron que me firmaban el certificado por discapacidad, pero lo que quiero es que me operen para moverme sin problemas”. Por ahora, ningún doctor se animó a autorizar la operación en ambas rodillas porque sería un costo enorme para ese fabuloso negocio llamado obra social.

25 febrero 2015

Cuando un corte de cabello se convierte en anécdota

Nunca me gustó cortarme el pelo: lo detesto con todas las ganas desde que soy un niño. Sentir el filo de las tijeras y el clac clac me eriza la piel, me deja como un gato alerta. Es esa sensación de que me van a sacar algo, me lo van a quitar y ya no voy a ser el mismo después. Desde que entré en la adultez estiro mi visita a la peluquería hasta último momento. Poco me importa que mi cabellera carezca de un peinado definido, pero cuando me empieza a molestar para dormir ya es hora de ir a cortarse el pelo. Y ahí arranca otro disgusto: encontrar al peluquero adecuado que meta una emprolijada y me deje la peluca cómoda.

Pero Oscar quiere ser un buen anfitrión. Recibe a los clientes de Villa Urquiza con un fuerte apretón de manos, una sonrisa de oreja a oreja y una cordial invitación a sentarse en el sillón. Acto seguido, pregunta por el corte en cuestión para luego arrancar con su monólogo.

Oscar está a punto de entrar en acción, pero una señora golpea la puerta. La mujer necesita hacerse un brushing porque esa noche tiene un casamiento. Oscar le dice que no, que él no hace peinados, pero le indica el lugar más próximo donde se lo harán sin problemas.

Ahora sí, Oscar tiene todo listo para actuar sobre mi cabellera. A lo largo de cuarenta minutos su voz y la música de una FM de chamamé ganarán el aire del local.

“Ya no hago brushing. Es mucho trabajo. Eso de estar media hora con el secador y el calor que te da en la cara no vale la pena. ¿Cuánto le puedo cobrar, $100? No vale la pena. Conozco a uno que allá en San Martín cobra $500. Pero si acá cobrás eso te dicen que no lo vale. Pero allá la gente si lo paga. Vos sabés que mi amigo me dice: Oscar, acá la gente paga $600 o $700 por ir a ver a Boca o a River todos los fines de semana, ¿cómo no me van a pagar $500 a mi por un peinado? Vos sabés que el otro día vino un cliente que estuvo en Mar del Plata y me contó que pagó $1.000 por dos pizzas y dos cervezas. No los quería pagar porque le pareció un robo, pero la gente hacía cola para entrar, era una pizzería conocida, de esas que hacen propaganda en la radio. Pero me dijo que la comida no era nada del otro mundo y que se sintió estafado. Por eso no me voy de vacaciones y me guardo esa plata para disfrutarla acá. A mí me gusta irme a tomar el desayuno al Sheraton o al Hilton. Sale caro, pero lo vale. El café del Sheraton es una exquisitez. Una vez fui con una amiga y a ella le pareció caro. Quería decirle al mozo que nos habían cobrado mucho. Mirá, si vas a hacer lío, esperame que me voy, le dije. Lo que pasa es que una vez que ponés un pie ahí adentro ya te están cobrando. Hoy para vivir bien hace falta un sueldo de $200 mil. Acá hay clientes que vienen y ganan eso o más. El otro día vino un señor que tiene mucho dinero y me contaba que quería comprarse una camioneta nueva. Él ya tiene una y otro auto importado con el que a veces viene. Le va muy bien. Cuando saca la mano del bolsillo tiene pesos mezclados con dólares y euros. Trabaja mucho para tener todo lo que tiene. Es un hombre instruido: es abogado y contador. Se dedica al rubro inmobiliario y tiene como 30 departamentos en alquiler y también administra edificios. Él siempre me dice: “Oscar, la inmobiliaria es un negocio sin riegos. No te estresás”. Y tiene razón. Te pagan todos los meses y listo. Un conocido mío se puso a construir departamentos. Se compró un terreno allá en San Martín y se hizo 20 monoambientes. Todos para parejitas jóvenes, sin hijos y sin perros. Es un éxito. Los alquila en $ 3 mil y no pide garantía. Cobra un par de meses por adelantado por si pasa cualquier cosa y listo. Eso sí que es plata segura”.

A Oscar le gusta la plata. No se trata sólo de tener billetes en sus manos: tiene la necesidad de atraer la guita. Las cifras y lo que cuesta cada cosa son su carta de presentación. A Oscar le encanta la guita y no lo oculta, por eso se lo cuenta a todo nuevo cliente que llega a su peluquería.

Suena el celular de Oscar. Es su hijo, que le cancela la visita a la peluquería. Iba a darle una mano. Oscar quiere que conozca el rubro así se larga con su propio local.

“Mi hijo no quiere terminar el secundario ni venir a ayudarme. Siempre le digo que lo importante es el estudio. Porque sino, se va a terminar juntando con una chica a la que tampoco le gusta estudiar. Y eso se le va a convertir en una mochila de piedras”.

Oscar da los últimos tijeretazos a mi nuevo corte de pelo. Me avisa que ya está, que quedó muy bien. En apenas unos segundos termina con la faena. Me pasa el cepillo por el cuello y retira el cubre pelos. Le pago, me despide con un fuerte apretón de manos y me desea un buen fin de semana. En el piso quedan un montón de pelos que ya no me pertenecen. Ahora son de Oscar. Quizás los junte, haga una peluca y se la venda a alguna señora en busca de nuevo look para su próximo casamiento.

20 febrero 2015

Golosinas

—¿Cómo va, pa? ¿Todo bien?

No contesta porque está masticando un turrón.

—Día complicado hoy, ¿eh? No se vende nada.

No responde y sigue comiendo.

—Aunque esté difícil la mano hay que seguir. Yo meto siete u ocho horas arriba del tren. Y si veo que estoy más o menos hecho me vuelvo para casa. ¿Vos con qué estás?
—Turrones –dice y le da otro mordisco.
—Golosinas. ¿Y a cuánto?
—Seis por diez.
—¿Y los vendés así sueltos?
—Sí. 

Sigue masticando. Ahora con la boca abierta.

—Pero los tenés que vender juntos. Te conviene ponerles una bolsita para que sea más higiénico.
—Pasa que los compro en la fábrica y vienen así.
—Sí. Claro. Pero si lo vendés juntos queda mejor presentado y la gente te los lleva. En una época yo estaba con golosinas. Pero ahora estoy con cosas para chicos –le muestra una bolsa blanca de nylon con útiles escolares.-Se vienen las clases. Pero hay que salir a vender. Esa es la clave.

El tren llega a la estación Belgrano R. Ambos se bajan para esperar a la próxima formación. El de los turrones arrastra su caja con el pie y se despereza en el andén. El otro, hace malabarismo para que su mercadería no se le caiga de las manos. Pese al esfuerzo, los útiles caen todos al piso: marcadores, lápices de colores, lapiceras y cuadernos para colorear.

—Estas bolsas son una mierda. Se agujerean de nada. Tengo que estar con todo en la mano.

01 diciembre 2014

Diciembres de súper acción

Por la radio transmiten en vivo un festival encabezado por Ska-P. También participan Karamelo Santo, Las Manos de Filippi, Once Tiros y Jauría. Es el momento de Las Manos. Su cantante, Hernán “Cabra” de Vega, anuncia que la próxima canción será dedicada al movimiento piquetero argentino. Acto seguido, suena Señor Cobranza. Muy diciembre 2001: que se vayan todos, asambleas populares en los barrios. Vestigios de la rebelión antisistema que terminó por no ser.

Se acerca fin de año y en las redacciones empieza a correr la conocida bola del “diciembre caliente”. Nadie da pistas sobre el qué, el cómo, el quién o el por qué. Pero sí el cuándo. El 19 y 20 de diciembre de 2001 dejaron su marca. Quienes teníamos 18 años –y quizás no sólo nosotros- creíamos que era el fin de la política tal como la conocíamos. Venía algo distinto. Todo estaba por hacerse. Pero no: las asambleas populares duraron pocos meses y la indignación de la clase media llegó hasta la próxima compra en 12 cuotas.

Cada año, una prole de periodistas esperan que algo pase y para avalar la teoría del caos se remontan a hechos cercanos.

En diciembre de 2010 unas tres mil familias ocuparon el Parque Indoamericano en reclamo de viviendas. Tres personas murieron durante el operativo de desalojo. Todo fue transmitido en vivo por televisión. La toma continuó unos días más hasta que los ocupantes se fueron con otra promesa de las autoridades que luego quedaría en el olvido. Mientras, las familias denunciaron que bandas armadas entraron al predio para sacarlos de ahí.

En diciembre de 2012, lejos del caliente conurbano bonaerense, el epicentro fue Bariloche. Los titulares se regodeaban entre saqueos, caos y descontrol. El intendente de la ciudad patagónica, Omar Goye, quedó en el ojo de la tormenta luego que lo acusaran por inacción. En abril del 2013 el jefe comunal fue destituido a través de un referendo: el 77% de los votantes le pidió que se vaya.

Unos meses después, en diciembre, para ser precisos, un acuartelamiento de la Policía en Córdoba dio un resultado cantado: otra vez, los titulares no daban a vasto con sus robos, saqueos y tensiones. Luego, cual efecto dominó, llegaron más reclamos uniformados en todo el país. En Tucumán hubo muertos, pero nadie se hizo cargo.

Cada diciembre llega a las redacciones el fantasma del 19 y 20 del 2001. ¿Será una idea instalada por un grupo de periodistas conspiradores criados bajo los rayos catódicos o un simple acierto de los oráculos del almanaque? Por las dudas, todos los años el cántaro va hacia la fuente.

04 febrero 2014

Otro verano verde

Ahora está ahí. Lo dejan mostrarse un poco más que antes. Si bien algunos no lo ven hace rato, él nunca se fue. Durante su ausencia tuvo varias personalidades suplentes: blue, contado con liqui, tarjeta. Pero todos lo conocen por su apodo de siempre: El Verde. Ahora que aflojó un poco el cepo, las colas de los bancos recuperaron a un viejo protagonista en la charla de espera a ser atendidos: el dólar.

—Nosotros llegamos la semana pasada de Disney. La pasamos muy bien —dice un tipo de treinta y pico a la mujer en la fila de al lado.

—¡Qué bien! Nosotros salimos en un par de semanas —cuenta la señora que ya pasó los cuarenta—. Hace tres meses que sacamos todo. Sólo nos queda comprar las entradas a algunos juegos porque los chicos no sabían a dónde querían ir.

—Mirá, nosotros nos la rebuscamos. Armábamos la vianda y salíamos todo el día por el parque. Porque la gaseosa estaba 4 dólares. ¡Carísima! —exclama tomándose la cara con ambas manos—. Al segundo día fuimos a un supermercado y compramos un pack de 24 gaseosas por 7 dólares. Imaginate, un negocio bárbaro. Y lo pagamos con tarjeta.

—Claro, pero tampoco podemos ir sin plata en efectivo—dice preocupada la señora.

—Y, aprovechá todo lo que puedas a pagar con tarjeta. Ahora que abrieron el cepo quizás sacás algo.

El hombre mira su reloj. Aún tiene a cuatro personas delante de él. Hace veinte minutos que espera su turno y la fila avanza a paso de tortuga. La señora no parece estar preocupada por el tiempo. Está pensando en sus vacaciones.

—¿A vos te dieron dólares para el viaje? —consulta la mujer.

—Poco. Casi que no te alcanza. Pero tarjeteás todo.

—Es que todo esto de la devaluación nos cambió los planes. Se puso más caro.

—No, obvio. Además, ves a la gente saliendo de los negocios con un montón de bolsas y vos no querés ser menos. ¿Pero sabés qué pasa? Si te ponés a convertir, perdiste. No disfrutás nada.

—Eso seguro.

La charla entra en un impasse de un par de minutos. El hombre mira otra vez su reloj. Quedan tres personas delante de él.

—A nosotros lo de la devaluación nos agarró ahora cuando llegamos. Pero bueno, acá siempre pasa algo. Me dedico a vender caños de PVC y desde hace dos días que no tengo precios. Entonces, espero una semana a ver qué pasa. Mientras tanto, sigo unos días más de vacaciones. —le cuenta a la mujer.

La fila avanza y es el turno de la señora. La charla se pierde entre saludos y deseos de buen viaje. Dentro de poco Mickey, Minnie, Donald y compañía la recibirán con los brazos bien abiertos para que ella y su familia gasten sus verdes.

04 enero 2014

¿Ya volvió la presidenta?

El hombre se acerca arrastrando los pies, atropellando las hojas secas de la plaza. El pantalón deportivo negro le hace ruido al caminar. La campera, también deportiva y negra, no hace juego con la ola de calor que los medios anticipan que está por volver.
—¿Sabe si vino hoy el placero?—pregunta el hombre.
—Ni idea. Recién llego y por el momento no lo vi.
El hombre se aplasta el pelo blanco peinado hacia atrás y se acomoda los anteojos de sol.
—Allá encontré una jeringa y algodón —señala la cancha de bochas—. Si lo llega a encontrar un chico, pobrecito de su vida.
Sin tiempo a réplica, el hombre continúa el monólogo.
—Voy a poner un cartel que encontré un manojo de llaves. Seguro que es de algún vecino.
No le respondo. Al hombre parece no importarle el silencio.
—¿Sabe si la presidenta ya volvió?
Niego con la cabeza.
—Ah, sigue en el Sur—apunta el señor—. Bueno, ya vendrá.
El hombre se vuelve a acomodar el pelo, saluda con la cabeza y se aleja con un Clarín bajo su brazo izquierdo. A los pocos metros se detiene, se acerca a un matrimonio que juega con su hija de unos dos años y conversa con ellos durante un par de minutos. El hombre los despide levantando su mano derecha y se va arrastrando los pies.

06 noviembre 2013

¿El vecino vende droga?

Sospecho que mi vecino es dealer. Es peluquero y a su local sólo he visto entrar gente con el pelo corto. Hay algo que no me cierra. Sospechoso, como mínimo. 

En un radio de dos cuadras hay tres peluquerías. Pero la suya es la única que entra y sale gente a cualquier hora. Su local es el centro de atención de la cuadra. Durante el día pasan conocidos del peluquero en moto, en auto, en bicicleta o de a pie. El saludo se repite: “¡Hugooooooooo!”.

Hay clientes que lo esperan a que abra la peluquería. ¿Son los manijas? Nunca falta el ansioso que toca timbre a las nueve de la mañana de un sábado preguntando por él. ¿Tanta desesperación por cortarse el pelo?

03 septiembre 2013

Hagan sus apuestas

En la empresa todos saben que El Topo levanta quiniela. Algunos se ponen nerviosos cuando no lo ven, pero el Topo es puntual: todos los días a las 17:45 ya está en su puesto. Llega con tiempo de sobra para acomodarse y recibir las apuestas de sus compañeros.

Su rutina comienza con su visita sector por sector y saludar a sus compañeros. “Buenas tardes”, dice. Quiere recordarles que llegó y que pueden acercarse a jugar un numerito. Si de casualidad alguien ya lo había cruzado antes, El Topo lo saluda otra vez.

El Topo es petiso, pelado —pero con una colita de caballo ya encanecida— y tiene anteojos culos de botella. Quien le puso el apodo dio en la tecla. El Topo parece un dibujo animado. Siempre está vestido igual: zapatillas deportivas blancas, pantalón de vestir claro (muy a veces, oscuro) y camisa de manga corta.

Falta media hora para que se sortee la nocturna y El Topo no da a basto. Hoy parece que a varios les picó el bichito de la apuesta. El Topo saca del bolsillo billetes de 10, de 20 y de 50. Parece que tiene todo el cambio que los cajeros automáticos no entregan.

Ya no hay más apuestas. Es el momento de llamar por teléfono para pasar los números de la noche. Hasta las ocho y media ya se sabe que el teléfono del sector estará inutilizado hasta que El Topo termine de pasar los números.

Poco minutos antes de las nueve de la noche el televisor no se mueve de Crónica, el canal que pasa los sorteos de la Quiniela sin importar si se muere Chávez o eligen un Papa argentino. El Topo es el único que mira el televisor. Con papel y lápiz en mano anota los números que van saliendo. ¿Habrá ganador?

28 junio 2013

Sonría, lo estamos filmando


El crimen de Ángeles está en boca del país. Sobre todo en los canales de noticias: machacan por cadena nacional al público con el asesinato de la adolescente. Que un sospechoso por acá, que un testigo encubierto por allá, que un video esclarecedor por el otro lado y así los conductores se pasan el santo día haciendo lo que mejor saben: hablar sin saber.

Hernán vino a arreglar la computadora. Mientras cambia la fuente conversamos de la vida misma. Primer tema de la mañana: el frío. Segundo: el crimen de la adolescente. 

—Todavía no puedo creer lo de Ángeles —y Hernán come un bizcocho—. Es terrible.

Asiento con la cabeza, le paso el mate.

Como casi medio del país, Hernán tiene un sospechoso en la mira.

—El que tiene una cara de loco es el padrastro de Ángeles. ¿Viste cómo abre los ojos? Para mi, él tiene algo que ver.

Pero Hernán no tiene pruebas.

—Para mi lo mejor es que haya cámaras por todos lados. Si pasa algo, está grabado. Porque sino, los delincuentes te matan.— y me devuelve el mate.

No le respondo. Se me queda mirando. Le ofrezco más bizcochos, se come un par y dice que no quiere más mate. Confirma que la computadora funciona bien y se va. Tiene que ir hasta Tigre. Quizás en el territorio de Massa una de las tantas cámaras de seguridad lo grabe mientras baja del bondi. 

14 junio 2013

Bienvenido a la selva

Un flaco de veintipocos está sorprendido por la ciudad Buenos Aires y su actividad nocturna. Son pasadas la medianoche y el 93 se mueve a paso de hombre por Las Heras, como si fuera plena hora pico.

— Acá son las doce y cuarto de la noche y no para de subir gente al bondi —le cuenta el flaco a un amigo que está del otro lado de la línea en Mar del Plata.

Está fascinado con Buenos Aires.

—Esta ciudad no duerme. No sabés lo que es: impresionante. Te tengo que traer para que vos lo veas. —le dice.

Sí. Buenos Aires es fascinante. Muchos de los que viven acá no se dan cuenta que esta ciudad tiene poco que envidiarle a otras capitales del mundo. Salvo por algunos detalles.

Porque Buenos Aires es la ciudad en la que 52 personas mueren aplastadas en una de las estación de trenes.

Porque Buenos Aires es vecina de un conglomerado donde otro tren, primo cercano del anterior, lleva a bordo a cientos de laburantes que pueden terminar en un hospital, si es que no van a parar a la morgue.

Porque Buenos Aires es la ciudad que se conmociona por el crimen de una adolescente y donde periodistas creen estar resolviendo desde un estudio de televisión con el morboso arte de acusar a alguien sin saber.

Porque Buenos Aires es la ciudad en la que los edificios crecen como hongos y de vez en cuando alguno se desploma como si estuviese construido con galletitas de agua.

Porque Buenos Aires es también la ciudad en donde el cajero automático de un banco o el puente de una autopista son el hogar de cada vez miles de personas.

Porque Buenos Aires es la ciudad donde algunos sonrientes políticos dicen desde un afiche tener la solución para arreglar lo que está mal, mientras que otros sonrientes políticos anuncian que tienen la fórmula para que todo siga igual de bien.


Mientras tanto, un marplatense se fascina ante los colectivos de la ciudad de Buenos Aires que van llenos a cualquier hora del día.

18 mayo 2013

Autopista al futuro


En una tarde sabatina de otoño los autos van como hormigas a vaya a saber uno dónde. Eso sí, siempre para adelante. Siempre apurados por llegar. Siempre.

05 mayo 2013

River, decime que se siente...

Son las doce del mediodía. Faltan cuatro horas para que jueguen Boca y River en la Bombonera. A lo lejos se escucha el bramido de una banda de forajidos cantando:

River, decime que se siente haber jugado el Nacional. 
Te juro que aunque pasen los años, nunca lo vamos a olvidar. 

Que te fuiste a la B, quemaste el Monumental, 
esa mancha no se borra nunca más. 

Che gallina sos cagón, le pegaste a un jugador, 
que cobardes los Borrachos del tablón.

¿Será el tren cargado con hinchas de Boca yendo para la cancha? ¿Y no se cruzarán con los de River en Retiro? Alto bardo se armaría.

La canción se repite y se escucha muy cerca. Cantan, pero no se alejan. Es como si gritaran acá atrás, en el patio del vecino. 

El griterío se corta abruptamente. 

No es la hinchada en vivo y en directo: es un video de YouTube a todo volumen. El vecino de atrás ya lo palpita como si estuviese en la popular, le da play y grita:

River, decime que se siente haber jugado el Nacional. 
Te juro que aunque pasen los años, nunca lo vamos a olvidar. 

Que te fuiste a la B, quemaste el Monumental, 
esa mancha no se borra nunca más. 

Che gallina sos cagón, le pegaste a un jugador, 
que cobardes los Borrachos del tablón.

Una y otra vez. 

Voy a comprar pan. Vuelvo y siguen el video y el vecino a todo volumen:

River, decime que se siente haber jugado el Nacional. 
Te juro que aunque pasen los años, nunca lo vamos a olvidar. 

Que te fuiste a la B, quemaste el Monumental, 
esa mancha no se borra nunca más. 

Che gallina sos cagón, le pegaste a un jugador, 
que cobardes los Borrachos del tablón.

Preparo la salsa para los fideos y el vecino sigue cantando:

River, decime que se siente haber jugado el Nacional. 
Te juro que aunque pasen los años, nunca lo vamos a olvidar. 

Que te fuiste a la B, quemaste el Monumental, 
esa mancha no se borra nunca más. 

Che gallina sos cagón, le pegaste a un jugador, 
que cobardes los Borrachos del tablón.

Cuarenta minutos cantando lo mismo. Gritando como si estuviese del otro lado del alambrado de la Bombonera. 

De repente, silencio.

Parece que el vecino se fue a almorzar.

****

Al final, Boca y River empataron uno a uno. Es decir, no ganó ningún de los dos. Pero son las siete y media de la tarde y el vecino sigue cantando:

River, decime que se siente haber jugado el Nacional. 
Te juro que aunque pasen los años, nunca lo vamos a olvidar. 

Que te fuiste a la B, quemaste el Monumental, 
esa mancha no se borra nunca más. 

Che gallina sos cagón, le pegaste a un jugador, 
que cobardes los Borrachos del tablón.

Me imagino de qué manera pide media docena de cañoncitos en la panadería del barrio.

03 mayo 2013

Pasá la Sube por acá


El ruido del motor del bondi descangallado taladra la cabeza de los pasajeros. El tipo del asiento atrás grita para que del otro lado del celular lo escuchen. Putea porque tiene el auto en el taller y tuvo que moverse en colectivo durante la mañana.

—El colectivo, el tren y el subte es de pobre. Me levanté a las 5 la mañana porque tenía que tomarme dos colectivos —y resopla—. Imaginate que con el auto estoy en cuarenta minutos. ¿Te das cuenta que sin el auto no puedo estar?

Del otro lado del teléfono está Yeni. Le hace preguntas preguntas sólo para molestarlo.

—¿Cómo voy a tener una Sube La última vez que subí a un bondi no existía la tarjeta. Soy de la época en la que los choferes cortaban los boletos de colores.

La calle tiene más pozos que asfalto, pero al chofer no le importa demasiado. El colectivero agarra una cuneta como si fuese la última vez y la unidad pega un salto. El bondi: no se partió al medio de causalidad. Los pasajeros nos agarramos de donde podemos.

El tipo del asiento de atrás sigue hablando por celular.

—Agarré la tarjeta de Luana y la pasé por todos lados. No sabía donde pasarla. Pensé que se

metía por la ranura de la máquina de monedas. Y vi que había otra máquina al lado que no había visto. El chofer me dijo : "apoyala acá". Y la pasé por todos lados hasta que enganchó.

Del otro lado de la línea Yeni se ríe y le dice que se parece a una vieja.

—No. Las viejas deben tener más idea que yo —y se ríe—.

El tipo del asiento de atrás le dice a Yeni que le tiene que cortar porque está por llegar.

El colectivero frena de golpe en Chacarita, abre las puertas del bondi y el malón baja. Los pibes que salieron de la escuela, las señoras que limpian casas, los cadetes de empresas, los jardineros, los albañiles, los estudiantes universitarios, los cajeros de supermercados, las jubiladas que van a visitar un muerto al cementerio, todos se pierden en la multitud. 

Entre todos ellos, está el tipo del asiento de atrás que un mediodía de mayo usó la Sube por primera vez.

27 abril 2013

Maravilla viaja con vos en el bondi

Sergio Martínez está apoyado contra las cuerdas del ring. Tiene la mirada segura del campeón. Camisa roja. Corbata y traje satinado negro. Pañuelo rojo en el bolsillo del saco. Parece más un playboy que un boxeador. Su imagen desafiante se pasea por todo Buenos Aires en la luneta de los colectivos. La empresa que lo viste se promociona como la marca Argentina que viste al campeón del mundo.

21 abril 2013

Leo Fariña hasta en la sopa


Mañana de domingo soleado en Vicente López. Los nenes corren por el parque, se tiran de los pelos y gritan por sus madres. Los señores padres conversan de cosas importantes, esas que salen en la tele y tienen en vilo a todo el país.

—La hizo bien Lanata —dice el tipo, con la panza al aire y mate en mano—. Tiró la bomba en el primer programa y tuvo mucho rating.
—Sí. La hizo bien —responde el amigo, acomodándose los lentes de sol—. Después le dijo a Rial y entre los dos armaron un quilombo bárbaro. 
—En América están todo el día con lo de Fariña. Todo el día Rial, Ventura y Mauro —chupa y pasa el mate—.
—Ese Viale es un hijo de puta —ceba otro amargo y se lo toma—. 
—Es que le chupa un huevo todo —dice el panzón y acomoda los rulos—. No está de un lado ni del otro. No le importa qué le importa al gobierno.
—Puede ser. 

Llega la mujer del panzón. Le grita al marido porque mientras él y su amigo toman mate, los pibes se fajan a veinte metros de ellos. Se queja porque no se los puede dejar cuidando a los chicos y corre a separar a los nenes. El panzón chupa otro mate y acomoda sus rulos otra vez.

26 marzo 2013

La pesadilla

Hace unos días tuve una pesadilla. Soñé que un amigo de la secundaria moría en un accidente de tránsito. Nunca me acuerdo los sueños y menos aún las pesadillas. Temí lo peor. No pude volver a dormir pensando si le había pasado algo. Hace unos años, su madre y su hermana menor murieron en un accidente en una ruta de Córdoba.

A la mañana siguiente lo primero que hice fue mandarle un mensaje vía Facebook para ver cómo estaba. No sabía nada de su vida desde hacía un par de meses. Por suerte, su respuesta no tardó en llegar: “Estoy laburando de noche en un hotel de Las Cañitas”.

Estaba vivito y coleando. Sano y salvo.

“Igual tengo los días contados porque detesto el horario y estar en negro”, agregó. Uno más descontento con su trabajo. Bienvenido al club. 


No le conté nada sobre la pesadilla que tuve.

12 marzo 2013

Inflación para todos (y todas)

Un irlandés, un portugués y una argentina from Boedo conversan en inglés en el patio de un hostel de Colonia. El lusitano exhala el humo de su cigarrillo y cuenta que en Buenos Aires algunas cosas están más caras que en su país. Todo menos el transporte: “Lo barato son el subte y los colectivos”. “Decimelo a mi que vivo en Buenos Aires todo el año”, le responde la chica con la cara colorada tras una jornada soleada.

El irlandés no tiene nada que decir sobre el alza de los precios. Él todavía no conoce Buenos Aires, pero cambia el tema de la conversación y pregunta si lo que se habla en Argentina es lo mismo que en España. La chica es terminante: “No. Nosotros hablamos castellano”. La respuesta parece no haberle satisfecho. Esperaba una ampliación. Pero eso no sucede y se queda callado.

Hay un bache en la conversación. 

El portugués sigue fumando. Su pelada brilla.

Continúa el silencio.

La chica se acomoda su colorida pollera de bambula y se recoge el pelo. La cara está más colorada de lo que parecía. Se tomó todo el sol que pudo en un sólo día. El portugués no tiene marcas: su pelada está intacta; más blanca que un papel.

Sin que le pregunten, la chica retoma la charla. Le cuenta a ambos que está ahorrando para viajar por España y por Portugal. El portugués dice que Lisboa es baratísimo, salvo por los alquileres de los departamentos y que por eso él vive a las afueras de la ciudad. El pelado es un ministro de economía. Le advierte a la chica de Boedo que Madrid es parecida a Buenos Aires, pero más cara que Lisboa.