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07 junio 2009

Sardina a la española

El viajar es un placer, que nos suele suceder, cantaba el bonachón de Pipo Pescador. Pues bien, este es el comienzo de una serie de posteos sobre mi primer viaje a España. La idea es ir volcando las vivencias y/o cosas que vayan sucediendo. Dios proveerá. Para arrancar, el ensardinado viaje Buenos Aires – Madrid.

¿Existe algo peor que en el asiento de al lado de un vuelo de doce horas se siente un niño con los pulmones de Pavarotti? Sí, sí lo hay. Que el niño en cuestión te estornude en la cara, dos veces. Claro que nada puede hacer uno contra la dulzura de un infante de año y medio, pero si con su padre: cambiarle el asiento.

No es fácil tenerme sentado por demasiado tiempo. Es decir, soy medio culo inquieto. Con lo cual estar sentadito durante doce horas no iba a ser tarea fácil. Pero como hombre precavido una semana antes me fumé la excelente Historias Extraordinarias de Llinás. Para los caídos del catre les cuento que esta película es un film que dura cuatro horas. Ergo, hay que estar un largo rato en la butaca. Digamos que sin querer sabiendo esa fue una suerte de prueba. Claro que no es lo mismo: cuatro horas versus doce horas. No es lo mismo. Más si te toca el asiento del medio y quien está en el asiento de cara al pasillo tiene el sueño liviano. A fin de cuentas te da cosa despertarlo, pero cuando la madre naturaleza llama, no hay bondad que aguante.

Hora de la cena. Las aeromozas reparten el manjar que va a llenar nuestros viajeros estómagos. Un pan, un postre que parece ser flan, una suerte de compotera con lechuga, granos de choclo y queso, un vasito con gaseosa efervescente y un paquetito de aluminio. Esa era la cena. Destapo el paquetito aluminado y… ¡pastas! Según la aeromoza eran mostacholes. Nunca le creí, pero cuando hay hambre no hay pan duro. Pues, adentro mi alma.

Para los ansiosos viajeros nada mejor que un monitor que monitorea – valga la redundancia – la trayectoria de la aeronave. Punto aparte para esto, en la era de Google Earth, el gps y todos sus hijitos, la aerolínea muestra el caminito al mejor estilo PC Globe. Marche una actualización. De más está decir que cuando el avioncitio estaba a punto de llegar a Noronha a más de uno se le debe haber fruncido el ya saben qué.

Pero, para fortuna de unos y desgracia de otros, el avión tocó tierra. Estamos en Madrid. Los pasajeros comienzan a aplaudir, como si una obra de teatro hubiese concluido. “¿Por qué aplauden?”; pensé hacia mis adentros. Y casi como si hubiese leído mi mente una señora muy aseñorada le comentó a su acompañante: “Qué bien lo aterrizó, impecable”. Gracias por volar con nosotros.