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22 agosto 2015

Evo, el surfer boliviano

Ese fue un enero atípico en Bolivia. Los memoriosos recordarán que todo comenzó con el tema del hielo. Durante los primeros días de 2016 resultaba imposible caminar dos pasos sin caerse de trompa al suelo. Los hospitales de Bolivia estuvieron repletos con miles de bolivianos magullados por las caídas: lesiones en la cara, en los brazos, en las piernas, en las manos y en la cara.

El hielo no discriminaba entre tierra, piedra, asfalto, concreto o baldosa. El congelamiento sólo afectó al piso ya que ni las paredes, ni los techos, ni siquiera las cañerías sufrieron del enfriamiento repentino. Tampoco los vehículos o los animales se vieron afectados. Por eso, moverse en auto, moto, bus mula o caballo no representó ningún riesgo durante esos días.

Con el correr de los días aparecieron los oportunistas de turno que llegaron a Bolivia con valijas repletas de todo tipo de calzado anti deslizante. Dinero arrojado a la basura. No había caso ya que igual se terminaba de boca al piso. Los que tampoco tardaron en aparecer fueron los expertos queriendo explicar lo que no se podía explicar. Unos gringos canadienses llegaron a La Paz diciendo que hacía dos siglos atrás se había registrado un fenómeno similar allá. Sus explicaciones duraron poco ya que al pisar suelo boliviano ellos también se fueron de trompa al piso.

Así fue como el suelo resbaloso se convirtió en una cuestión de Estado. La primera recomendación de Evo Morales fue decir que no había que salir a la calle y mantener la calma. La idea del presidente era reducir los accidentes, pero su propuesta no tuvo buena recepción porque los bolivianos querían ir de un lado a otro como todos los días.

Este paso en falso de Evo era la oportunidad que los santacruceños estaban esperando para pegarle al presidente boliviano. Los medios de comunicación comenzaron a bombardear con la idea de que Morales no sabía responder ante una situación inesperada y pidieron su renuncia inmediata.

Las autoridades bolivianas debieron actuar rápido para que el asunto no se les vaya de las manos porque se dieron cuenta que el malestar de los bolivianos se hizo presente en las encuestas. En apenas cinco días Evo Morales pasó de un 68% de aprobación de su gestión a un pobrísimo 32%.

Para contrarrestar estos números, al equipo del presidente de Bolivia se le ocurrió llevar a Evo hasta Pisiga, un pequeño pueblo cerca del paso internacional con Chile. La jugada era arriesgada: el presidente podía caer de boca al suelo y convertirse en el hazme reír de todo el mundo. Pero la empresa de la mesa chica del Palacio Quemado era reavivar la polémica con el país vecino para correr del eje la agenda mediática.  

Evo aceptó el desafío y no aceptó los trucos que su equipo le proponía. El presidente dio pautas concretas: llegar a Pisiga, caminar unos 20 metros y sacarse una foto que inmortalice el momento. El presidente arribó el mediodía del 8 de enero de 2016 junto a un séquito de periodistas, camarógrafos y fotógrafos. 

El mandatario se bajó de una camioneta y a paso firme caminó unos metros sin caerse al piso. El operativo era todo un éxito. Con una sonrisa de oreja Evo levantó su pie izquierdo y, ante las cámaras, lo dejó caer con fuerza contra el suelo. El asfalto tembló y la tierra se abrió en dos. En pocos segundos el agua comenzó a emerger y en cuestión de minutos la Pachamama le dio a Bolivia su soberana salida al mar, algo que venía reclamando desde hacía años. 

Todo lo que vino después es historia conocida. Apenas un par de días más tarde Evo remontó una ola a bordo de una tabla y dio por inaugurado el primer campeonato nacional de surf de Bolivia. 

14 julio 2015

Jorge Luis Borges

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09 junio 2015

Remisero

En un día de paro de transporte los taxis copan la avenida Corrientes. Pero sólo algunos van ocupados, la mayoría de los autos viaja vacío hacia el bajo porteño. Buenos Aires sin colectivos es rara, como si le faltara algo.

Para llegar desde Villa Urquiza a San Telmo me tomé un remis a costas de la empresa (nunca menos). Me tocó un remisero que fue colectivero y quien me puso al día con el rubro de los viajes en auto: “Hoy lo que más sale es el laburo de mensajería”. Porque para llevar y traer trastos las empresas también usan remises.

Pero además de trabajar en la remisería también hace viajes por su cuenta para sumar unos mangos más. “Todos los días llevo la vianda a una oficina que pide comida vegetariana a un bolichito enfrente de la remisería”, cuenta después de pasar en rojo el cuarto semáforo del viaje. “Son todas pibas que comen sano porque se quieren ver flaquitas. Como yo, que la semana que viene arranco con la dieta”, agrega entre risas.

El remisero se amasa la panza que le toca el volante del auto y se ríe. El mes que viene arranca con los preparativos para hacerse un bypass gástrico. Pero la operación que alguna vez se hizo el Diego no es moco de pavo. “Me tienen que ver un psicólogo, un clínico y un cirujano”, apunta. También estuvo más de un año para que le aprueben la operación: “mi obra social me la bochó, pero lo tramité por el lado de mi mujer y de tanto insistir me salió”.

Pero el remisero también tiene la rodillas maltrechas. Luego de la batalla ganada por el bypass gástrico busca que le implanten un par de prótesis que le permitan subir y bajar del colectivo sin dificultades. 

Claro que la burocracia de la salud le vuelve a poner trabas: “Con tal de no operarme los médicos me dijeron que me firmaban el certificado por discapacidad, pero lo que quiero es que me operen para moverme sin problemas”. Por ahora, ningún doctor se animó a autorizar la operación en ambas rodillas porque sería un costo enorme para ese fabuloso negocio llamado obra social.

08 mayo 2015

Gordo merquero

Son casi las dos de la mañana y acá estamos, cagándonos de frio en la plaza esperando a que llegue Morrón. Eduardo dice que ya no está tomando merca y que sólo quiere pegar un veinticinco de porro copado para bajar la ansiedad. Para Eduardo, el porro es el sustituto de las cuatro comidas diarias: se fuma uno a la mañana, otro al mediodía, el tercero a la tarde y el último del día antes de irse a dormir.

—¿Querés?—Eduardo me ofrece fumar la tuca que se encontró en el bolsillo de la campera.
—No, gracias. Así estoy bien.

No me gusta fumar tucas porque es basura, la resaca del porro: toda la resina del papel acumulada. Además, la tuca se apaga todo el tiempo y para encenderla te quemás los dedos.

—¿A qué hora te dijo que venía Morrón?—pregunto fregándome las manos buscando un poco de calor.
—Ahora. Ya tiene que estar por llegar.—Eduardo lucha para encender la tuca.

Morrón vende merca y porro y como buen drogadicto, se toma y se fuma lo que vende. Hasta hace un par de meses estuvo desaparecido. Según Eduardo, los de la barra de Lamadrid le hicieron una cama porque Morrón se paró de guantes cuando le quisieron copar la plaza. Lo cagaron a trompadas entre cuatro y al día siguiente la cana lo puso cuando le vendía un par de porros a unos guachos en la plaza. Hay otra versión en el barrio que dice que Morrón se cogía a la mujer de El Pato, capo de la barra de Lamadrid, quien lo cagó a trompadas y lo mandó a tomarse el palo. Tras un par de meses exiliado, Morrón volvió al barrio.

—Pegale un llamado para ver qué onda.
—Loco, Morrón va a venir. Me dijo que lo esperemos acá.
—Pero Gordo, hace como una hora que estamos acá cagandonos de frio.

A Eduardo nunca le dijimos Edu, ni Eduardito. Siempre fue el Gordo. Cuando teníamos diez años era obeso, pero ahora está flaco. Igual le seguimos diciendo Gordo.

—Morrón no va a venir. Se la tomó y no va  a venir.

Eduardo me mira fijo. No le gustó un carajo lo que dije.

—Vinimos a pegar porro. Te dije que no estoy tomando más merca. Loco, nadie me cree. ¿Qué se piensan, que soy un gordo merquero?

A Eduardo lo dejó la novia hace un par de semanas. Él dice que la piba no sabe qué quiere de su vida y que por eso se fue a la mierda. Pero en realidad la piba no se quiere hacer cargo de un novio merquero. Me lo dijo el mismo día que se mandó a mudar. No es fácil seguirle el tren a Eduardo, no se da cuenta que es un drogadicto.

—No te persigas, Gordo. Estoy acá haciendo la segunda.
—Entonces, aguantá los trapos. Morrón va a venir.

25 febrero 2015

Cuando un corte de cabello se convierte en anécdota

Nunca me gustó cortarme el pelo: lo detesto con todas las ganas desde que soy un niño. Sentir el filo de las tijeras y el clac clac me eriza la piel, me deja como un gato alerta. Es esa sensación de que me van a sacar algo, me lo van a quitar y ya no voy a ser el mismo después. Desde que entré en la adultez estiro mi visita a la peluquería hasta último momento. Poco me importa que mi cabellera carezca de un peinado definido, pero cuando me empieza a molestar para dormir ya es hora de ir a cortarse el pelo. Y ahí arranca otro disgusto: encontrar al peluquero adecuado que meta una emprolijada y me deje la peluca cómoda.

Pero Oscar quiere ser un buen anfitrión. Recibe a los clientes de Villa Urquiza con un fuerte apretón de manos, una sonrisa de oreja a oreja y una cordial invitación a sentarse en el sillón. Acto seguido, pregunta por el corte en cuestión para luego arrancar con su monólogo.

Oscar está a punto de entrar en acción, pero una señora golpea la puerta. La mujer necesita hacerse un brushing porque esa noche tiene un casamiento. Oscar le dice que no, que él no hace peinados, pero le indica el lugar más próximo donde se lo harán sin problemas.

Ahora sí, Oscar tiene todo listo para actuar sobre mi cabellera. A lo largo de cuarenta minutos su voz y la música de una FM de chamamé ganarán el aire del local.

“Ya no hago brushing. Es mucho trabajo. Eso de estar media hora con el secador y el calor que te da en la cara no vale la pena. ¿Cuánto le puedo cobrar, $100? No vale la pena. Conozco a uno que allá en San Martín cobra $500. Pero si acá cobrás eso te dicen que no lo vale. Pero allá la gente si lo paga. Vos sabés que mi amigo me dice: Oscar, acá la gente paga $600 o $700 por ir a ver a Boca o a River todos los fines de semana, ¿cómo no me van a pagar $500 a mi por un peinado? Vos sabés que el otro día vino un cliente que estuvo en Mar del Plata y me contó que pagó $1.000 por dos pizzas y dos cervezas. No los quería pagar porque le pareció un robo, pero la gente hacía cola para entrar, era una pizzería conocida, de esas que hacen propaganda en la radio. Pero me dijo que la comida no era nada del otro mundo y que se sintió estafado. Por eso no me voy de vacaciones y me guardo esa plata para disfrutarla acá. A mí me gusta irme a tomar el desayuno al Sheraton o al Hilton. Sale caro, pero lo vale. El café del Sheraton es una exquisitez. Una vez fui con una amiga y a ella le pareció caro. Quería decirle al mozo que nos habían cobrado mucho. Mirá, si vas a hacer lío, esperame que me voy, le dije. Lo que pasa es que una vez que ponés un pie ahí adentro ya te están cobrando. Hoy para vivir bien hace falta un sueldo de $200 mil. Acá hay clientes que vienen y ganan eso o más. El otro día vino un señor que tiene mucho dinero y me contaba que quería comprarse una camioneta nueva. Él ya tiene una y otro auto importado con el que a veces viene. Le va muy bien. Cuando saca la mano del bolsillo tiene pesos mezclados con dólares y euros. Trabaja mucho para tener todo lo que tiene. Es un hombre instruido: es abogado y contador. Se dedica al rubro inmobiliario y tiene como 30 departamentos en alquiler y también administra edificios. Él siempre me dice: “Oscar, la inmobiliaria es un negocio sin riegos. No te estresás”. Y tiene razón. Te pagan todos los meses y listo. Un conocido mío se puso a construir departamentos. Se compró un terreno allá en San Martín y se hizo 20 monoambientes. Todos para parejitas jóvenes, sin hijos y sin perros. Es un éxito. Los alquila en $ 3 mil y no pide garantía. Cobra un par de meses por adelantado por si pasa cualquier cosa y listo. Eso sí que es plata segura”.

A Oscar le gusta la plata. No se trata sólo de tener billetes en sus manos: tiene la necesidad de atraer la guita. Las cifras y lo que cuesta cada cosa son su carta de presentación. A Oscar le encanta la guita y no lo oculta, por eso se lo cuenta a todo nuevo cliente que llega a su peluquería.

Suena el celular de Oscar. Es su hijo, que le cancela la visita a la peluquería. Iba a darle una mano. Oscar quiere que conozca el rubro así se larga con su propio local.

“Mi hijo no quiere terminar el secundario ni venir a ayudarme. Siempre le digo que lo importante es el estudio. Porque sino, se va a terminar juntando con una chica a la que tampoco le gusta estudiar. Y eso se le va a convertir en una mochila de piedras”.

Oscar da los últimos tijeretazos a mi nuevo corte de pelo. Me avisa que ya está, que quedó muy bien. En apenas unos segundos termina con la faena. Me pasa el cepillo por el cuello y retira el cubre pelos. Le pago, me despide con un fuerte apretón de manos y me desea un buen fin de semana. En el piso quedan un montón de pelos que ya no me pertenecen. Ahora son de Oscar. Quizás los junte, haga una peluca y se la venda a alguna señora en busca de nuevo look para su próximo casamiento.

20 febrero 2015

Golosinas

—¿Cómo va, pa? ¿Todo bien?

No contesta porque está masticando un turrón.

—Día complicado hoy, ¿eh? No se vende nada.

No responde y sigue comiendo.

—Aunque esté difícil la mano hay que seguir. Yo meto siete u ocho horas arriba del tren. Y si veo que estoy más o menos hecho me vuelvo para casa. ¿Vos con qué estás?
—Turrones –dice y le da otro mordisco.
—Golosinas. ¿Y a cuánto?
—Seis por diez.
—¿Y los vendés así sueltos?
—Sí. 

Sigue masticando. Ahora con la boca abierta.

—Pero los tenés que vender juntos. Te conviene ponerles una bolsita para que sea más higiénico.
—Pasa que los compro en la fábrica y vienen así.
—Sí. Claro. Pero si lo vendés juntos queda mejor presentado y la gente te los lleva. En una época yo estaba con golosinas. Pero ahora estoy con cosas para chicos –le muestra una bolsa blanca de nylon con útiles escolares.-Se vienen las clases. Pero hay que salir a vender. Esa es la clave.

El tren llega a la estación Belgrano R. Ambos se bajan para esperar a la próxima formación. El de los turrones arrastra su caja con el pie y se despereza en el andén. El otro, hace malabarismo para que su mercadería no se le caiga de las manos. Pese al esfuerzo, los útiles caen todos al piso: marcadores, lápices de colores, lapiceras y cuadernos para colorear.

—Estas bolsas son una mierda. Se agujerean de nada. Tengo que estar con todo en la mano.

11 febrero 2015

Sudoraciones de una noche de verano

Blanco por aquí, blanco por allá: la nieve por todos lados. A lo lejos se ve un bosque y entre los árboles se ve humo. Creo que sale de la chimenea de una casa. Hacia allí voy.

A cada paso, los pies se entierran en unos 15 centímetros de nieve. Así se hace imposible. El frío cala fuerte en los huesos. Estoy literalmente congelado. No creo que llegue hasta el bosque con esa casa y esa chimenea que brinde un poco de calor. Me voy a quedar congelado en el próximo paso. Cierro los ojos y me quedo inmóvil temblando de frío. Estoy a punto de desmayarme. Ya está. Hasta acá llegué. El frío ganó la batalla.

Alguien me da una cachetada y me grita: “Abrí los ojos”. Acto reflejo lo veo a Pino Solanas con su polera bordó y un saco gris de lana. “Están vaciando el país”, me dice mirándome a los ojos. Pino me agarra de los hombros y me sacude: “Ya se robaron 10 mil millones de dólares”.

02 febrero 2015

La nota azul

Toma su vaso de whisky con la mano derecha, se para y se acerca al ventanal. Ahí afuera, las copas de los árboles se revolean de un lado al otro. En el amplio living de su departamento hay olor a lluvia. Hace tiempo que no se siente tan lleno, tan completo. Como si hubiese rejuvenecido un par de décadas y volvieran los años dorados.

Un relámpago ilumina de la calle desierta en la medianoche de un lunes de verano. En apenas unos segundos el repiqueteo de la lluvia contra los vidrios se hace más fuerte. La trompeta de Miles copa el aire del ambiente, se abraza con el solo de batería y entre ambas hacen bailar al piano y al contrabajo. Ahora, Miles acelera el paso de su trompeta y llega a lo más alto de la nota. Él cierra los ojos y lo imagina soplando a más no poder: los cachetes del negro inflados en todo su esplendor. Se sonríe porque es una de sus canciones favoritas y porque todo el país habla de la misma muerte. Sabe que algo de todo eso que pulula en la radio, la televisión y los diarios se debe a su mano invisible.